Diálogo con Trifón 29
Glorifiquemos a Dios, todas las naciones juntamente reunidas, porque él miró también para nosotros. Démosle gloria, por medio del Rey de la Gloria, por medio del Señor de los ejércitos. Porque él aprobó también las naciones y recibe nuestros sacrificios con más gusto que los vuestros. ¿Para qué hablar de circuncisión si ya tengo el testimonio de Dios? ¿Qué necesidad hay de aquel baño para quien fue bañado por el Espíritu Santo?
Con estos razonamientos, creo que quedarán convencidos hasta aquellos que tienen menos inteligencia. De hecho, estas palabras no fueron inventadas por mí, ni adornadas por el arte humano. Por el contrario, se trata o de salmos que David cantó, o de mensajes alegres que Isaías anunció, o de lo que Zacarías predijo y Moisés colocó por escrito. ¿Tú los reconoces, Trifón? Ellos están escritos en vuestros libros o, mejor diciendo, no vuestros, sino nuestros. De hecho, nosotros creemos en ellos. Vosotros, sin embargo, por más que los leáis, no entendéis el sentido de ellos.
No nos molestéis, por tanto, ni lancéis en nuestro rostro el prepucio de nuestra carne, que fue el propio Dios quien formó. No os quedéis espantados por el hecho de bebernos cosas calientes en el sábado, pues en ese día Dios también gobierna el mundo de la misma forma que en los otros días. Además de eso, vuestros sumos sacerdotes tenían orden de ofrecer los sacrificios en ese día como en los otros. Por fin, aquellos grandes justos, que no observaron ninguna de esas prescripciones legales, son atestiguados por el propio Dios.