Diálogo con Trifón 2
La filosofía: camino hacia Dios
Yo respondí:
— Voy a decirte lo que es claro para mí. De hecho, la filosofía es el bien mayor y más precioso ante Dios, hacia el cual solamente ella nos conduce y nos asocia. En verdad, santos son aquellos que consagran a la filosofía la propia inteligencia. Sin embargo, lo que sea la filosofía y el motivo por el cual ella fue enviada a los hombres muchos lo ignoran, pues de lo contrario no existirían platónicos, ni estoicos, ni teóricos, ni pitagóricos, siendo ella una única ciencia.
Itinerario intelectual de Justino
Quiero explicar por qué ella pasó a tener muchas cabezas. La cuestión es que a los primeros que a ella se dedicaron y se tornaron famosos en su profesión, siguieron otros que no hicieron ninguna otra investigación sobre la verdad. Por el contrario, llevados por la admiración de la constancia, del dominio de sí y de la rareza de las doctrinas de sus maestros, solo aceptaron como verdad lo que cada uno había aprendido de ellos. Entonces, transmitiendo a sus sucesores doctrinas semejantes a las primitivas, cada escuela tomó el nombre de aquel que fue el padre de la doctrina.
Yo mismo, al inicio, deseando también reunirme con alguno de ellos, me puse en las manos de un estoico y pasé bastante tiempo con él. Sin embargo, percibí que nada me adelantaba para el conocimiento de Dios, pues ni siquiera él sabía nada, ni decía que ese conocimiento era necesario. Entonces me separé de él y me dirigí a otro, un peripatético, que se creía ser hombre perspicaz. Este me soportó bien en los primeros días, pero luego me dio a entender que debíamos fijar honorarios, a fin de que nuestra convivencia no se quedase sin provecho. Yo lo dejé por ese motivo, pues él absolutamente no parecía filósofo.
Mi alma, sin embargo, continuaba ardiendo para oír lo que es propio y excelente en la filosofía. Entonces me dirigí a un pitagórico, muy conceptuado, hombre que se enorgullecía mucho de su propia sabiduría. Luego que comencé a conversar con él, deseando tornarme su oyente y discípulo, él me dijo:
— ¿Cómo así? ¿Estudiaste música, astronomía y geometría? ¿O piensas que podrás contemplar algunas de esas realidades que contribuyen a la felicidad, sin aprender primero esas ciencias que desprenden el alma de lo sensible y la preparan para lo inteligible, de modo que puedas ver lo que es bello y bueno en sí mismo?
Entonces me hizo un gran panegírico sobre esas ciencias, presentándolas como necesarias y, cuando confesé que las ignoraba, me mandó a buscar otro camino. Es claro que quedé incómodo por haber malogrado en mi esperanza, más aún porque yo creía que aquel hombre sabía alguna cosa. Por otro lado, considerando el tiempo que yo debería gastar en aquellas disciplinas, no sufrí en dejarlo a causa de tan gran plazo.
Quedé perplejo. Por fin, decidí conversar también con los platónicos, pues también ellos tenían mucha fama. Justamente en esos días, había llegado a nuestra ciudad un hombre inteligente, prominente entre los platónicos; mantenía con ellos largas conversaciones y a cada día yo avanzaba y hacía progresos notables. Yo me exaltaba principalmente con la consideración de lo incorpóreo. La contemplación de las ideas daba alas a mi inteligencia. Yo imaginaba haberme tornado sabio en un instante, y mi estupidez me hacía esperar que, de un momento para otro, contemplaría al propio Dios. En efecto, esta es la meta de la filosofía de Platón.