Diálogo con Trifón 141

Necesidad de la penitencia

Para que no tengáis pretexto de decir que era necesario que Cristo fuese crucificado y que en vuestro pueblo hubiese transgresores de la ley y que las cosas no podían ser diferentes, yo me adelantaré para decir en pocas palabras que Dios, queriendo que ángeles y hombres siguieran el bien, dotados de razón para conocer de dónde vienen y a quién deben el ser que antes no tenían, les impuso una ley, por la cual serán juzgados, en caso de no haber obrado conforme a la recta razón. Por lo tanto, por nuestra propia culpa seremos convencidos de haber sido malos, hombres y ángeles, si antes no hacemos penitencia.
Sin embargo, si la palabra de Dios anuncia absolutamente que algunos ángeles y hombres serán castigados, eso fue predicho porque él de antemano conoció que serían malos y no se arrepentirían, no, empero, porque el propio Dios así los hiciese. De modo que, si hacen penitencia, todos los que quisieren podrán alcanzar de Dios la misericordia, y la palabra los llama anticipadamente bienaventurados: “Bienaventurado el hombre a quien Dios no le imputa pecado ”, esto es, aquel que, arrepentido de sus pecados, recibe de Dios el perdón. No como vosotros y otros semejantes a vosotros. En este punto, os engañáis a vosotros mismos, diciendo que, por más pecador que alguien sea, el Señor no imputa el pecado, con tal que él conozca a Dios.
Una prueba de esa interpretación puede ser encontrada en David, cuyo único pecado, el de vanagloria, no le fue perdonado, hasta que lloró y se lamentó, de la manera que está escrito. En efecto, si a un hombre como él no le fue concedido el perdón antes de arrepentirse, mas cuando lloró e hizo todo aquello, él que fue tan grande rey, ungido y profeta, ¿cómo es que los impuros y aquellos que fueron completamente insensatos pueden esperar que el Señor no les impute los pecados que cometieron?
Señores, este único hecho de la transgresión de David con la mujer de Urías demuestra que los patriarcas no tenían muchas mujeres, como si se entregaran a la disolución, sino que, por medio de ellos, se realiza cierta dispensación y se prefiguraban todos los misterios. En efecto, si fuese permitido tomar la mujer que se desease, en el modo y en el número que se quisiese, tal como los hombres de vuestra raza hacen en toda tierra donde habitan o son enviados, tomando las mujeres en nombre del matrimonio, mucho más se le habría permitido que David hiciese eso.
Queridísimo Marco Pompeyo, con estas palabras yo termino mi discurso.