Diálogo con Trifón 11
La ley antigua superada por la nueva
Yo le respondí:
— Trifón, no habrá ni ha habido otro Dios desde la eternidad, aparte de aquel que creó y ordenó este universo. Tampoco creemos que nuestro Dios sea diferente del vuestro, sino el mismo que sacó a vuestros antepasados de la tierra de Egipto, “con mano poderosa y brazo excelso”. Tampoco depositamos nuestra confianza en cualquier otro, dado que no existe, sino en el mismo que vosotros la depositáis, en el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Con todo, nosotros no la depositamos por medio de Moisés o de la Ley, pues en ese caso estaríamos haciendo lo mismo que vosotros.
En efecto, oh Trifón, leí que debía venir una ley perfecta y una alianza soberana en relación a las otras, que ahora deben ser guardadas por todos los hombres que desean la herencia de Dios. La Ley dada sobre el monte Horeb ya es vieja y pertenece solamente a vosotros. La otra, sin embargo, pertenece a todos. Una ley colocada contra otra ley anula la primera; una alianza hecha posteriormente también deja sin efecto la primera. Cristo nos fue dado como ley eterna y definitiva y como alianza fiel, después de la cual no hay más ni ley, ni orden, ni mandamiento.
O no leíste lo que dice Isaías? “Escuchadme, escuchadme, pueblo mío; y los reyes dadme oídos. Porque de mí saldrá una ley y mi juicio para iluminar a las naciones. Mi justicia se aproxima deprisa, mi salvación pronto saldrá y en mi brazo las naciones esperarán. Y por medio de Jeremías, se refiere a la nueva alianza, diciendo lo siguiente: “He aquí que vienen días, dice el Señor, y yo estableceré con la casa de Israel y con la casa de Judá una nueva alianza, no como la que establecí con sus padres el día en que los tomé por la mano para sacarlos de la tierra de Egipto”.
Dios, por lo tanto, anunció que establecería una nueva alianza y esta para iluminar a las naciones. Vemos y estamos convencidos de que, por medio del nombre de Jesucristo crucificado, las personas se apartan de la idolatría y de toda iniquidad, para aproximarse a Dios, soportando hasta la muerte para confesarlo y mantener su religión. Todos pueden comprender que esta es la ley nueva y la nueva Alianza, así como la expectativa de aquellos que, de todas las naciones, esperan los bienes de Dios.
En efecto, nosotros somos el pueblo de Israel verdadero y espiritual, la descendencia de Judá y de Jacob, de Isaac y de Abrahán, que fue atestiguado por Dios mientras aún era incircunciso y que fue bendecido y llamado padre de muchas naciones. Nosotros somos aquellos que se aproximaron a Dios por medio de ese Cristo crucificado, como quedará demostrado cuando continuemos nuestros razonamientos.