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Contra Celso - Livro VII

El Libro VII en la Obra

El Libro VII es el penúltimo de los ocho que componen el Contra Celso, la extensa refutación que Orígenes escribió, hacia el año 248, contra el tratado Discurso Verdadero del filósofo pagano Celso, redactado unos setenta años antes. Orígenes abre el libro retomando el hilo de los seis anteriores y anunciando el tema central: la defensa de las profecías hebreas, que Celso atacaba por sostener que los acontecimientos de la vida de Jesús habían sido predichos. A partir de ahí, el libro contrapone la profecía de Israel a los oráculos del mundo griego y discute qué es la verdadera adoración.

La unidad del libro es la oposición entre dos modos de acceso a lo divino. De un lado, los oráculos famosos de la Antigüedad, Delfos, Dodona, Claros, Bránquidas, Júpiter Amón; del otro, los profetas de Israel. Orígenes no niega que los oráculos pronunciaran respuestas, pero las atribuye a demonios, no a dioses, y trata de mostrar que la vida austera de los profetas hebreos delataba una inspiración de otro orden. En la segunda mitad el foco se desplaza a la adoración: el rechazo cristiano de templos, altares e imágenes, la esperanza de una vida futura, la resurrección y la tesis, heredada del platonismo y cara a Orígenes, de que Dios es incorpóreo.

Contenido del Libro

Oráculos Antiguos y Profecía Hebrea

El corazón polémico del libro es la comparación entre los oráculos griegos y los profetas de Israel. Celso, hombre culto, consideraba arbitrario que los cristianos descartaran Delfos y Dodona, que habían orientado la fundación de colonias por todo el mundo griego, y trataran como sagradas solo las palabras dichas en Judea. Orígenes responde en dos frentes. Primero, recuerda que incluso entre los griegos hubo quienes descreían de los oráculos, citando a los peripatéticos y a los epicúreos. Después, concede que los oráculos en efecto hablaban, pero sostiene que hablaban demonios, no dioses, y ataca en particular el procedimiento de la pitia de Delfos, poseída en un trance que le quitaba el dominio de sí. Al profeta hebreo, en cambio, le atribuye lucidez creciente y una vida íntegra. El argumento es apologético y no historiográfico: no prueba la inspiración divina, sino que desplaza el criterio de la verdad del prestigio del oráculo al carácter de quien profetiza.

Iconoclasia Cristiana y la Adoración de Dios

La parte final del libro registra un dato social poco recordado: a los ojos del mundo grecorromano, los cristianos eran gente sin templos, sin altares y sin imágenes, y Celso los alinea con los escitas, los libios nómadas, los seres y los persas, pueblos que él consideraba bárbaros precisamente por eso. Orígenes asume la acusación como elogio. Reconoce que cristianos y judíos comparten con persas y escitas el rechazo de las imágenes, pero insiste en que el principio es otro: no se trata de costumbre ni de desprecio por la materia, sino de no rebajar la adoración de Dios a cosas hechas por manos humanas, y de no adorar a la criatura en lugar del Creador. El texto es una de las exposiciones antiguas más claras del porqué de que la Iglesia primitiva fuera anicónica, anterior a la devoción a las imágenes que se afianzaría siglos después.

“Ellos no toleran templos, altares ni imágenes. En esto son como los escitas, las tribus nómadas de Libia, los seres, que no adoran a ningún dios.”

Orígenes, Contra Celso - Livro VII 7:62

Relevancia para el Cristiano de Hoy

El Libro VII conserva interés por dos motivos. Como documento histórico, muestra un cristianismo del siglo III que aún se definía por la ausencia de imágenes y por la espiritualización de la adoración, antes de que la piedad figurativa se volviera común, lo que ayuda a entender debates posteriores sobre los íconos. Como pieza teológica, contiene doctrinas típicamente origenistas que la Iglesia examinaría luego con reserva: la preexistencia de las almas sugerida en el ascenso de las almas puras, y una resurrección entendida en clave espiritualizada. Conviene leer con distancia crítica. Orígenes argumenta desde una cosmología platónica, y no toda su respuesta a Celso se convirtió en doctrina recibida; partes de su pensamiento fueron condenadas en el siglo VI. Aun así, el libro conserva, con rara franqueza, el esfuerzo de un cristiano erudito por responder al mejor crítico pagano de su época en los términos de la propia filosofía de aquel.