Apologético (Tertuliano) 50
El Triunfo del Cristiano en el Sufrimiento y en el Martirio
En ese caso, ustedes dicen, ¿por qué se quejan de nuestras persecuciones? Ustedes deberían, más bien, estarnos agradecidos por darles los sufrimientos que desean. Bien, es verdad que es nuestro deseo sufrir, pero es de la misma manera que el soldado anhela la guerra. Nadie sufre de buena gana, ya que el sufrimiento necesariamente implica miedo y peligro. Sin embargo, el hombre que se opone al conflicto, lucha con toda su fuerza, y cuando es victorioso, se regocija en la batalla, porque cosecha de ella gloria y despojo.
Nuestra batalla es ser convocados a sus tribunales para que allá, bajo el miedo de la ejecución, podamos batallar por la verdad. Mas el día es vencido cuando el objetivo de la lucha es alcanzado. Esa victoria nuestra nos da la gloria de agradar a Dios y el despojo de la vida eterna. Mas somos vencidos. Sí, cuando obtenemos nuestros deseos. Por lo tanto, vencemos al morir; salimos victoriosos en el exacto momento en que somos subyugados. Llámennos, si quieren, Sarmenticii y Semaxii, porque, amarrados a una estaca de medio eje, somos quemados en una pila circular de ramitas. Esa es la actitud con la cual vencemos, es nuestra vestidura de victoria, es para nosotros una especie de carro triunfal.
Naturalmente, por lo tanto, no agradamos a los vencidos; a causa de eso, de hecho, somos considerados una raza desesperada e imprudente. Mas la propia desesperanza e imprudencia que ustedes objetan en nosotros, entre ustedes elevan el estándar de la virtud en pro de la gloria y de la fama. Mucio, por su propia voluntad, dejó su mano derecha en el altar: ¡qué sublimidad de espíritu! Empédocles dio todo su cuerpo en Catania a las llamas del Etna: ¡qué resolución mental! Una cierta fundadora de Cartago se entregó en segundo matrimonio a la pira funeraria: ¡qué noble testimonio de su castidad! Régulo, no queriendo que su única vida contara por las vidas de muchos enemigos, soportó esas cruces por todo su cuerpo: ¡qué hombre valiente —incluso en cautiverio, un conquistador!
Anaxarco, cuando estaba siendo golpeado hasta la muerte por un mortero de cebada, gritó: 'Golpea, golpea la cáscara de Anaxarco; ningún golpe alcanza al propio Anaxarco'. ¡Oh magnanimidad del filósofo, que incluso en tal fin tenía bromas en los labios! Dejo de lado todas las referencias a aquellos que, con su propia espada, o con cualquier otra forma más suave de muerte, negociaron por gloria. Vean cómo incluso los concursos de tortura son coronados por ustedes. La cortesana ateniense, habiendo cansado al verdugo, finalmente mordió su lengua y la escupió en el rostro del tirano furioso, para que al mismo tiempo escupiera fuera su poder de habla, y no pudiera más confesar a sus cómplices, aun cuando fuera su inclinación.
Zenón de Elea, cuando fue preguntado por Dionisio sobre lo que la filosofía hace de bien, al responder que ella da desprecio por la muerte, permaneció intrépido, entregado al látigo del tirano, y selló su opinión hasta la muerte. Todos sabemos cómo el látigo espartano, aplicado con la máxima crueldad bajo los ojos de amigos alentadores, confiere a aquellos que lo soportan honor proporcional a la sangre que los jóvenes derraman. ¡Oh gloria legítima, porque es humana, por cuya causa no es considerada ni imprudencia temeraria, ni obstinación desesperada, despreciar la propia muerte y todo tipo de tratamiento salvaje; por cuya causa ustedes pueden, por su tierra natal, por el imperio, por la amistad, soportar todo lo que les es prohibido hacer por Dios!
Y ustedes erigen estatuas en honor a personas como esas, y colocan inscripciones en imágenes, y graban epitafios en tumbas, para que sus nombres nunca perezcan. En la medida en que pueden por sus monumentos, ustedes mismos proporcionan una especie de resurrección a los muertos. Sin embargo, aquel que espera la verdadera resurrección de Dios, ¡es insano, si por Dios él sufre! Mas continúen celosamente, buenos presidentes, ustedes se destacarán más con el pueblo si sacrifican a los cristianos a su pedido, nos matan, nos torturan, nos condenan, nos reducen a polvo; su injusticia es la prueba de que somos inocentes. Por lo tanto, Dios permite que suframos así; pues muy recientemente, al condenar a una mujer cristiana al lenocinio en vez de al león, ustedes confesaron que una mancha en nuestra pureza es considerada entre nosotros algo más terrible que cualquier castigo y cualquier muerte.
Ni su crueldad, por más refinada que sea, les sirve; es antes una tentación para nosotros. Cuanto más somos segados por ustedes, más numerosos nos volvemos; la sangre de los cristianos es semilla. Muchos de sus escritores exhortan a la corajosa resistencia al dolor y a la muerte, como Cicerón en las Tusculanas, como Séneca en sus Oportunidades, como Diógenes, Pirro, Calinico; y aun así sus palabras no encuentran tantos discípulos como los cristianos, profesores no por palabras, sino por sus actos. Esa misma obstinación que ustedes critican es la preceptora. Pues ¿quién, al contemplarla, no es llevado a investigar lo que está por detrás de ella? ¿Quién, tras investigar, no abraza nuestras doctrinas? Y cuando las abraza, ¿no desea sufrir para volverse participante de la plenitud de la gracia de Dios, para obtener de Dios el perdón completo, dando en cambio su sangre? Pues eso garantiza la remisión de todas las ofensas.
Por eso es que agradecemos en el propio local por sus sentencias. Como lo divino y lo humano están siempre en oposición el uno al otro, cuando somos condenados por ustedes, somos absueltos por el Altísimo.