Apologético (Tertuliano) 50
Naturalmente, por lo tanto, no agradamos a los vencidos; a causa de eso, de hecho, somos considerados una raza desesperada e imprudente. Mas la propia desesperanza e imprudencia que ustedes objetan en nosotros, entre ustedes elevan el estándar de la virtud en pro de la gloria y de la fama. Mucio, por su propia voluntad, dejó su mano derecha en el altar: ¡qué sublimidad de espíritu! Empédocles dio todo su cuerpo en Catania a las llamas del Etna: ¡qué resolución mental! Una cierta fundadora de Cartago se entregó en segundo matrimonio a la pira funeraria: ¡qué noble testimonio de su castidad! Régulo, no queriendo que su única vida contara por las vidas de muchos enemigos, soportó esas cruces por todo su cuerpo: ¡qué hombre valiente —incluso en cautiverio, un conquistador!