Apologético (Tertuliano) 30

Oraciones Cristianas por el Emperador y el Verdadero Dios

Pues ofrecemos oraciones por la seguridad de nuestros príncipes al Dios eterno, verdadero y vivo, cuyo favor, por encima de todos los otros, ellos mismos deben desear. Ellos saben de quién obtuvieron su poder; saben, como hombres, de quién recibieron la propia vida; están convencidos de que Él es el único Dios, de cuyo poder dependen enteramente, a quien son secundarios, después del cual ocupan los lugares más altos, antes y encima de todos los dioses. ¿Por qué no, ya que están por encima de todos los hombres vivos, y los vivos, como vivos, son superiores a los muertos?
Ellos reflexionan sobre la extensión de su poder y, así, llegan a comprender el más alto; reconocen que tienen toda su fuerza de Aquel contra quien su fuerza es nada. Que el emperador haga guerra al cielo; que lleve el cielo cautivo en su triunfo; que coloque guardas en el cielo; que imponga impuestos al cielo! Él no puede. Justamente porque es menor que el cielo, él es grande. Pues él mismo pertenece a Aquel a quien pertenecen el cielo y toda criatura. Él obtiene su cetro de donde primero obtuvo su humanidad; su poder de donde obtuvo el soplo de la vida.
Para allá levantamos nuestros ojos, con las manos extendidas, porque libres del pecado; con la cabeza descubierta, pues no tenemos de qué avergonzarnos; finalmente, sin un monitor, porque es del corazón que suplicamos. Sin cesar, por todos nuestros emperadores, ofrecemos oraciones. Oramos por una vida prolongada; por la seguridad del imperio; por la protección de la casa imperial; por ejércitos valientes, un senado fiel, un pueblo virtuoso, el mundo en paz, todo lo que, como hombre o César, un emperador desearía.
Estas cosas no puedo pedirlas a nadie sino al Dios de quien que las obtendré, tanto porque Él solo las concede cuanto porque tengo derecho a ellas, siendo Su siervo, prestando homenaje solamente a Él, perseguido por Su doctrina, ofreciendo a Él, por Su propia exigencia, aquel sacrificio costoso y noble de la oración enviada de un cuerpo casto, una alma inmaculada, un espíritu santificado, no los pocos granos de incienso que un centavo compra lágrimas de un árbol arábigo no algunas gotas de vino, no la sangre de algún buey inútil para quien la muerte es un alivio y, además de otras cosas ofensivas, una conciencia contaminada, de modo que alguien se pregunta, cuando sus víctimas son examinadas por esos sacerdotes viles, por qué el examen no es antes de los sacrificadores que de los sacrificios.
Con nuestras manos así extendidas y levantadas a Dios, dilacerennos con sus garras de hierro, cuélguennos en cruces, envuélvannos en llamas, quítennos nuestras cabezas con la espada, suelten las fieras sobre nosotros la propia postura de un cristiano en oración es una preparación para todo castigo. Que este, buenos gobernantes, sea su trabajo: arranquen de nosotros el alma, suplicando a Dios en nombre del emperador. Sobre la verdad de Dios y la devoción a Su nombre, coloquen la marca del crimen.