Apologético (Tertuliano) 18
Los predicadores de quien hablamos son llamados profetas, debido al oficio que les pertenece de prever el futuro. Sus palabras, así como los milagros que realizaron, para que los hombres tuviesen fe en su autoridad divina, aún están en los tesoros literarios que dejaron y que están abiertos a todos. Ptolomeo, cognominado Filadelfo, el más erudito de su raza, un hombre de vasto conocimiento en toda la literatura, emulando, imagino, el entusiasmo por los libros de Pisístrato, entre otros remanentes del pasado que, sea por su antigüedad o por algo de interés peculiar, se tornaron famosos, a sugerencia de Demetrio de Falero, que era renombrado por encima de todos los gramáticos de su tiempo y a quien él había confiado la gestión de estas cosas, solicitó a los judíos sus escritos —me refiero a los escritos peculiares a ellos y en su lengua, que solamente ellos poseían, pues de sí mismos, como un pueblo querido por Dios a causa de sus antepasados, sus profetas siempre surgieron, y a ellos ellos siempre hablaron. En los tiempos antiguos, el pueblo que llamamos de judíos tenía el nombre de hebreos, y así tanto sus escritos cuanto su lengua eran hebreos. Pero para que el entendimiento de sus libros no faltase, eso también los judíos lo proporcionaron a Ptolomeo; pues ellos le dieron setenta y dos intérpretes —hombres que el filósofo Menedemo, el conocido defensor de una Providencia, respetaba como compartiendo de sus visiones. El mismo relato es dado por Aristeo. Así, el rey dejó esas obras abiertas a todos, en la lengua griega.