Apologético (Tertuliano) 12

La Naturaleza de los Dioses Paganos y Su Culto

Pero paso por alto esas observaciones, pues y voy a mostrar lo que sus dioses no son, mostrando lo que ellos son. En relación a ellos, veo solo nombres de hombres muertos de tiempos antiguos; escucho historias fabulosas; reconozco ritos sagrados basados en meros mitos. En cuanto a las imágenes reales, las considero simplemente como materia semejante a los vasos y utensilios de uso común entre nosotros, o incluso sufriendo en su consagración un cambio infeliz de esos artículos útiles en las manos de un arte imprudente, que en el proceso de transformación los trata con total desprecio, o incluso, en el propio acto, comete sacrilegio; de modo que podría ser un pequeño consuelo para nosotros en todas nuestras penas, sufriendo como sufrimos a causa de estos mismos dioses, que en su creación ellos sufren como nosotros mismos.
Ustedes colocan a los cristianos en cruces y estacas: ¿qué imagen no se forma a partir de la arcilla en primer lugar, colocada en cruz y estaca? El cuerpo de su dios es primero consagrado en el patíbulo. Ustedes desgarran los lados de los cristianos con sus garras; pero, en el caso de sus propios dioses, hachas, cepillos y raspadores son usados con más vigor en cada miembro del cuerpo. Nosotros colocamos nuestras cabezas en el cepo; antes de que el plomo, la cola y los clavos sean requeridos, sus divinidades están sin cabeza. Somos arrojados a las fieras, mientras ustedes las asocian a Baco, Cibeles y Celestis. Somos quemados en las llamas; ellos también lo son en su forma original. Somos condenados a las minas; es de ahí de donde sus dioses se originan. Somos desterrados a islas; en islas es común que sus dioses nazcan o mueran. Si es así como un dios es hecho, se seguirá que todos los que son castigados son deificados, y las torturas tendrán que ser declaradas divinidades.
Pero es evidente que estos objetos de su adoración no tienen conciencia de las injurias y desgracias de su consagración, así como son igualmente inconscientes de los honores que se les prestan. ¡Oh palabras impías! ¡Oh blasfemias reprochables! Rechinad los dientes contra nosotros espumad de rabia enloquecida contra nosotros vosotros sois, sin duda, las personas que censuraron a un cierto Séneca por hablar de su superstición de forma mucho más larga y mucho más severa! En suma, si rehusamos nuestro homenaje a estatuas e imágenes frías, la propia copia de sus originales muertos, con las cuales halcones, ratas y arañas están tan familiarizados, ¿no merece alabanza en vez de castigo que hayamos rechazado lo que vimos que era error? Ciertamente no podemos ser acusados de perjudicar a aquellos de quienes tenemos la certeza de que no existen. Lo que no existe, en su inexistencia, está a salvo de sufrir.