Sobre La Guerra de los Judíos

La Guerra de los Judíos es la primera gran obra de Flavio Josefo, una historia en siete libros de la revuelta judía contra Roma. Fue escrita en griego, después de una primera versión en arameo, y publicada hacia los años 75 a 79 d.C., aún bajo el emperador Vespasiano. La narración va desde los Macabeos y el ascenso de Herodes, como telón de fondo, hasta el acontecimiento central: el sitio y la destrucción de Jerusalén y del Templo en el año 70 d.C., seguidos por la caída de Masada hacia 73 o 74. Josefo no escribe desde fuera. Fue comandante de las tropas judías en Galilea, fue capturado por los romanos en Jotapata y pasó al lado de Roma, convirtiéndose en cliente de la familia imperial flavia.

Esto lo convierte en una fuente sin igual y, al mismo tiempo, en una fuente que exige cautela. Josefo es testigo ocular de buena parte de lo que narra, pero escribe con un programa claro: culpar a las facciones radicales (zelotes y sicarios) por la catástrofe, exculpar a Roma y presentar la caída como voluntad de Dios contra un pueblo que se desvió. Los números de muertos y cautivos suelen estar inflados, y el autor justifica de modo insistente su propio cambio de bando. Aun así, para la historia del fin del Segundo Templo la obra es insustituible, y la arqueología confirma el núcleo del relato en Masada, Jotapata y en la propia destrucción del Templo.

Pasajes que sorprenden

Algunos fragmentos llaman la atención por la crudeza de lo que describen o por situar a Josefo en el centro de los acontecimientos. Cada cita lleva al pasaje completo.

Josefo predice que Vespasiano será emperador. Capturado en Jotapata y llevado ante el general romano, Josefo afirma haber sido enviado por Dios como mensajero y predice a Vespasiano que él y su hijo Tito llegarían al trono. La profecía le salvó la vida y lo ligó a la dinastía flavia, lo que pesa sobre todo lo que escribe después.

La madre que devoró a su propio hijo. En el hambre extrema del sitio de Jerusalén, Josefo relata el caso de María de Bezezub, que mata, asa y come a su propio hijo. Registra el episodio como el punto más bajo del horror dentro de la ciudad sitiada.

Los presagios de la caída. Antes de la destrucción, Josefo enumera señales: una estrella en forma de espada sobre la ciudad, un cometa que duró un año y una luz intensa alrededor del altar. La mayoría de los historiadores lee la lista como un recurso retórico del género, común en Tácito y Suetonio.

El Templo en llamas en el mismo día de la destrucción babilónica. Josefo señala que el santuario ardió el décimo día del mes de Lous, la misma fecha en que el primer Templo fue quemado por el rey de Babilonia. Esta coincidencia de calendario (el 9 de Av) se convirtió en elemento central de la memoria judía del desastre.

El suicidio colectivo de Masada. Cercados por Flavio Silva, los últimos sicarios, bajo Eleazar ben Yair, matan a sus propias esposas e hijos y luego a sí mismos para no caer vivos en manos de Roma. La historicidad de los discursos y de los números es debatida, pero la excavación confirmó el sitio y la rampa romana.

El candelabro del Templo en el triunfo de Roma. Josefo describe la mesa de oro, el candelabro de siete brazos y el rollo de la Ley siendo llevados en el desfile triunfal de Vespasiano y Tito. Es la misma escena esculpida hasta hoy en el Arco de Tito, en el Foro Romano.

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