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Metafísica - Livro IV

La Obra y el Libro IV

La Metafísicade Aristóteles (384 a.C. a 322 a.C.) no fue escrita como un único libro continuo. Es una colección de catorce tratados reunidos por editores después de la muerte del autor. La tradición atribuye esa organización a Andrónico de Rodas, en el siglo I a.C., quien habría clasificado estos escritos como los que vienen "después" (en griego meta) de los libros sobre la física, origen probable del título; el punto es discutido y no hay certeza sobre quién ordenó los tratados. Los libros se designan por letras griegas, y por eso el Libro IV se llama Gamma (Γ).

Es en el Libro IV donde Aristóteles define el objeto propio de la disciplina. Los libros anteriores discuten opiniones de filósofos precedentes y plantean problemas; aquí Aristóteles afirma que existe una ciencia que estudia el ser en cuanto ser, es decir, aquello que pertenece a todo lo que existe por el simple hecho de existir. Esta ciencia es distinta de las ciencias particulares, que recortan únicamente una parte de lo real.

El Ser Referido a la Sustancia

Aristóteles reconoce que la palabra "ser" tiene muchos sentidos. Se dice que una sustancia es, que una cualidad es, que una cantidad es, y así sucesivamente. Estos sentidos no son equívocos puros ni un único significado: todos se refieren a una cosa central, la sustancia. Así como todo lo que se llama "saludable" se dice por relación a la salud, todo lo que se dice que "es" se dice por relación a la sustancia. Por eso una sola ciencia puede estudiar el ser en todos sus sentidos, y su foco primero es la sustancia. Este argumento prepara la investigación detallada de la sustancia que vendrá en el Libro VII.

Contenido del Libro

La Defensa del Principio de No Contradicción

La parte más extensa del Libro IV defiende el principio de no contradicción, formulado como la imposibilidad de que una misma cosa pertenezca y no pertenezca al mismo sujeto, al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Aristóteles lo llama el más firme de todos los principios, aquel que nadie puede creer verdaderamente que sea falso. Sostiene que este principio no puede demostrarse directamente, porque toda demostración ya lo presupone. Lo que sí puede hacerse es una prueba por refutación: mostrar que quien niega el principio, en el momento en que dice algo con sentido, ya lo está usando. Quien habla necesita que sus palabras signifiquen algo determinado, y eso exige que afirmar y negar no sean la misma cosa.

Los blancos de esta defensa son posiciones que Aristóteles atribuye a Protágoras y a Heráclito. A Protágoras le asocia la tesis de que el hombre es la medida de todas las cosas, de modo que todo lo que le aparece a alguien sería verdadero para él. A Heráclito le asocia la idea del flujo continuo, según la cual las cosas estarían siempre pasando de un estado a su contrario. Aristóteles responde que la relatividad de las apariencias no anula la no contradicción, y que el movimiento de las cosas no las convierte al mismo tiempo en esto y en lo contrario bajo el mismo aspecto. Vale notar que la reconstrucción de estas posiciones nos llega sobre todo por la forma en que Aristóteles las presenta para refutarlas, lo que recomienda cautela sobre lo que cada adversario sostenía de hecho.

El libro defiende también el principio del tercero excluido, según el cual entre afirmar y negar una misma cosa no hay un término medio. Por último, Aristóteles rebate las tesis extremas de que todo sería verdadero, todo falso, todo en reposo o todo en movimiento, mostrando que cada una de ellas se deshace al llevarse a sus últimas consecuencias.

Texto y Traducción

La versión en español utilizada aquí se apoya en la traducción inglesa de W. D. Ross, publicada en Oxford en 1908 y hoy en dominio público. Las referencias de página siguen la numeración estándar de la edición de Immanuel Bekker (Berlín, 1831), citada por número de página, columna y línea, que es la forma habitual de localizar pasajes en cualquier edición de Aristóteles.

Influencia en el Pensamiento Cristiano

El Libro IV dejó dos huellas duraderas en la teología cristiana. La primera es la tesis de que el ser se dice de muchos modos, pero todos esos modos se refieren a un punto central. Cuando, siglos después, Tomás de Aquino discute cómo la palabra "ser" se aplica a Dios y a las criaturas, parte de ese patrón aristotélico para desarrollar la llamada analogía del ser: la idea de que los términos que decimos de Dios no son ni idénticos ni totalmente distintos de lo que decimos de las cosas creadas.

“There are many senses in which a thing may be said to be, but all that is is related to one central point, one definite kind of thing.”

Aristóteles, Metafísica IV (1003a33), traducción de W. D. Ross

La segunda huella es el principio de no contradicción. Aquino lo recibe como el primer principio indemostratable de la razón, sobre el cual todos los demás se apoyan, y la tradición tomista posterior lo convirtió en pieza central de la apologética racional cristiana: la defensa de que la fe, aunque supera a la razón, no la contradice. Mostrar que el propio escéptico, al argumentar, ya presupone que afirmar y negar no son la misma cosa fue una estrategia retomada por apologistas que querían fundar la discusión sobre Dios en un terreno lógico común a creyentes y no creyentes.

“El primer principio indemostratable es que la misma cosa no puede ser afirmada y negada al mismo tiempo, lo cual se funda en las nociones de ser y no ser, y en este principio se basan todos los demás.”

Tomás de Aquino, Suma Teológica I-II, q. 94, a. 2

Conviene un registro honesto: Aristóteles no estaba pensando en el Dios personal y creador de la Biblia, y nada en el Libro IV trata de revelación. Lo que la teología cristiana hizo fue adaptar estas herramientas lógicas para sus propios fines, y no heredarlas ya cristianas.

Relevancia para el Cristiano de Hoy

Para el lector cristiano de hoy, el Libro IV importa menos por su contenido doctrinal, que no existe, y más por haber proporcionado el instrumental con el que buena parte de la teología occidental fue escrita. Entender que el principio de no contradicción no es una opinión más, sino la condición de cualquier discurso con sentido, ayuda a ver por qué la tradición cristiana insistió en que la verdad revelada no puede contradecirse a sí misma. Al mismo tiempo, vale recordar que aceptar este principio no implica aceptar las conclusiones teológicas que vinieron después: la lógica es una herramienta neutral, y creyentes de distintas tradiciones la usan para llegar a conclusiones opuestas. El Libro IV ofrece el método, no las respuestas.