O Banquete 2

O diálogo de Platão sobre o amor (Eros): sete discursos num banquete ateniense que culminam na ascensão da alma do belo sensível ao Belo em si

El discurso de Fedro: Eros, el más antiguo de los dioses

De todo lo que cada uno dijo, Aristodemo no se acordaba completamente, y yo tampoco me acuerdo de todo lo que me contó. Pero voy a repetirles, de cada discurso, lo que me pareció más digno de ser recordado.
El primero en hablar, como dije, fue Fedro. Comenzó más o menos así: Eros es un gran dios, admirado entre los hombres y entre los dioses, por muchas razones, pero principalmente por causa de su nacimiento.
Pues es un honor para él ser el más antiguo de los dioses. Y la prueba de esto es que Eros no tiene padres: nadie, ni poeta ni escritor común, jamás dijo que los tuvo.
Hesíodo afirma que primero vino el Caos, y luego después la Tierra de amplio seno, sede eterna y segura de todo lo que existe, y también Eros.
O sea, después del Caos surgieron estos dos: la Tierra y el Amor. Y Acusilao concuerda con Hesíodo. Parménides, hablando del origen de las cosas, dice que entre todos los dioses Eros fue el primero en ser creado.
Así, de muchas fuentes, todos están de acuerdo en que Eros es el más antiguo de los dioses. Y, siendo el más antiguo, él es la causa de los mayores bienes para nosotros.
Yo, por ejemplo, no sabría decir qué bien mayor puede haber para un joven que comienza la vida que un buen amante, ni para el amante que un joven amado.
Pues aquello que debe guiar la vida entera de los hombres que quieren vivir con nobleza, ni el parentesco, ni los honores, ni la riqueza, ni ninguna otra cosa logra sembrar tan bien como el amor.
¿Y qué es esa guía? Es la vergüenza ante lo que es vil y el deseo de honor ante lo que es bello. Sin esto, ni una ciudad ni un individuo realiza obras grandes y bellas.
Yo afirmo que un hombre enamorado, si fuera sorprendido haciendo algo vergonzoso, o sufriendo una humillación sin defenderse por cobardía, no sufriría tanto siendo visto por el padre, por los amigos o por cualquier otro, que siendo visto por la persona que ama.
Y vemos lo mismo en el joven amado: él se avergüenza ante quien lo ama más que ante cualquier otro, cuando es sorprendido en alguna situación vergonzosa.
Por eso, si hubiera algún modo de formar una ciudad o un ejército solo de amantes y sus amados, no habría modo mejor de gobernarla: ellos se alejarían de todo lo que es vil y competirían entre en la búsqueda del honor.
Y luchando lado a lado, aunque fueran pocos, vencerían, por así decirlo, el mundo entero.
Pues un hombre enamorado preferiría mil veces morir a ser visto por la persona amada abandonando su puesto o tirando las armas. ¿Quién desertaría de quien ama, o dejaría de socorrerlo en el momento del peligro?
No existe cobarde tan débil que el propio Eros no tornara valiente, a punto de igualarlo al más valiente por naturaleza. Aquella fuerza que, según Homero, el dios sopla en el alma de algunos héroes, es eso lo que Eros concede a los que aman, venida de él mismo.
Además, solo los que aman están dispuestos a morir en lugar de otra persona. Y no solo los hombres, sino también las mujeres.
De eso, Alceste, la hija de Pelias, es prueba suficiente para todos los griegos. Ella aceptó morir en lugar del propio marido, aunque él tuviera padre y madre vivos.
Por el amor que sentía, ella los superó tanto en dedicación que hizo que parecieran extraños al propio hijo, ligados a él solo por el nombre.
Y esa actitud pareció tan bella, no solo a los hombres sino también a los dioses, que, entre los muchos que hicieron cosas bellas, a muy pocos los dioses concedieron el privilegio de devolver el alma del mundo de los muertos. A ella, sí, la devolvieron, admirados con su gesto.
Es así que hasta los dioses honran por encima de todo la dedicación y la virtud que nacen del amor.
A Orfeo, hijo de Eagro, lo mandaron de vuelta del mundo de los muertos sin nada, mostrándole solo un fantasma de la mujer que buscaba, pero no la entregaron, porque creyeron que había actuado con debilidad, como el tocador de lira que era.
No tuvo coraje de morir por amor, como Alceste, e ideó una manera de entrar vivo en el mundo de los muertos. Por eso, los dioses le impusieron un castigo e hicieron que muriera a manos de mujeres.
Fue diferente con Aquiles, el hijo de Tetis, a quien honraron y enviaron a las Islas de los Bienaventurados. Su madre le había advertido que, si mataba a Héctor, él mismo moriría, pero, si no hiciera eso, volvería a casa y moriría viejo.
Aun así, Aquiles tuvo el coraje de elegir socorrer y vengar a Patroclo, aquel que lo amaba. Y no solo murió por él: murió después de él, estando ya el amigo muerto. Por eso los dioses lo admiraron mucho y lo honraron de modo especial, por haber dado tanto valor a quien lo amaba.
Esquilo habla tonterías al decir que Aquiles era el amante de Patroclo. Aquiles era más bello no solo que Patroclo, sino que todos los héroes, y además era imberbe y mucho más joven, como cuenta Homero.
En verdad, los dioses honran por encima de todo esa virtud ligada al amor, pero admiran y premian aún más cuando es el amado quien retribuye el amor de quien lo ama, que cuando el amante ama a su amado. Pues el amante es más divino que el amado, ya que es inspirado por un dios.
Por eso lo honraron más que a Alceste, enviándolo a las Islas de los Bienaventurados. Esas son las razones por las cuales afirmo que Eros es el más antiguo, el más noble y el más poderoso de los dioses, y el mayor responsable de la virtud en la vida y de la felicidad después de la muerte.