A Consolação da Filosofia 4

Escrita na prisão, à espera da execução (c. 524), a obra-prima de Boécio é um diálogo entre o filósofo condenado e a Dama Filosofia: a roda da Fortuna, a verdadeira felicidade e o sumo Bem, o problema do mal e da providência, e a conciliação entre a presciência divina e o livre-arbítrio. Ponte entre a Antiguidade e a Idade Média, foi um dos livros mais lidos do Ocidente medieval

'Es verdad', dije yo; 'pero, ya que es tu oficio desvendar la causa oculta de las cosas y explicar los principios velados en la oscuridad, infórmame, te pido, de tus propias conclusiones en esta materia, ya que la maravilla de ella es lo que más que cualquier otra cosa perturba mi mente.' Una sonrisa jugó por un instante en sus labios, mientras ella respondía: 'Me llamas al mayor de todos los temas de investigación, una tarea para la cual el tratamiento más exhaustivo apenas basta. Tal es su naturaleza que, tan pronto como una duda es cortada, innumerables otras brotan como las cabezas de la Hidra, ni podríamos poner límite a su renovación si no aplicáramos el fuego vivo de la mente para suprimirlas. Pues caen en su ámbito las cuestiones de la simplicidad esencial de la providencia, del orden del destino, del azar imprevisto, del conocimiento divino y de la predestinación, y de la libertad de la voluntad. ¡Cuán pesado es el fardo de todo esto, mismo puedes juzgar. Pero, visto que conocer estas cosas también forma parte del tratamiento de tu enfermedad, intentaremos darles alguna consideración, a pesar de las restricciones de los estrechos límites de nuestro tiempo. Además, tendrás que prescindir por un tiempo de los placeres de la música y del canto, si es que en ellos encuentras algún deleite, mientras yo tejo junto la cadena encadenada de razones en el orden debido.' 'Como quieras', dije yo. Entonces, como que haciendo un nuevo comienzo, ella así discurrió: 'El venir a ser de todas las cosas, todo el curso de desarrollo en las cosas que cambian, toda clase de cosa que se mueve de algún modo, recibe su causa, orden y forma debidas de la firmeza de la mente divina. Esta mente, serena en la ciudadela de su propia simplicidad esencial, decretó que el método de su gobierno sea múltiple. Visto en la pureza misma de la inteligencia divina, este método se llama _providencia_; pero visto en relación a aquellas cosas que ella mueve y dispone, es lo que los antiguos llamaban _destino_. Que estos dos son diferentes quedará fácilmente claro a quien quiera que pase en revista sus respectivas eficacias. La providencia es la propia razón divina, sediada en el Ser Supremo, que dispone todas las cosas; el destino es la disposición inherente a todas las cosas que se mueven, por la cual la providencia une todas las cosas en su orden debido. La providencia abarca todas las cosas, por más diferentes, por más infinitas; el destino pone en movimiento, separadamente, las cosas individuales y les designa, a cada una, su posición, forma y tiempo. 'Así, el desenvolvimiento de este orden temporal, unificado en la previsión de la mente divina, es la providencia, mientras que esa misma unidad, fragmentada y desenvuelta en el tiempo, es el destino. Y, aunque estos sean diferentes, hay sin embargo una dependencia entre ellos; pues el orden del destino procede de la simplicidad esencial de la providencia. Pues, así como el artífice, formando antes en la mente la idea de la cosa a ser hecha, ejecuta su proyecto y desarrolla de momento a momento lo que antes viera en un único instante como un todo, así Dios, en su providencia, ordena todas las cosas como partes de un único todo inmutable, pero ejecuta esas mismas ordenanzas por el destino en una unidad múltiple de tiempo. Así, sea que el destino sea cumplido por espíritus divinos como ministros de la providencia, sea por un alma, o por el servicio de toda la naturaleza, sea por el movimiento celeste de las estrellas, por la eficacia de los ángeles, o por la astucia multiforme de los demonios, sea por todos o por algunos de estos sea tejida la serie destinada, esto, al menos, es manifiesto: que la providencia es la forma fija y simple de los eventos destinados, y el destino, su serie móvil en el orden del tiempo, tal como, por la disposición de la simplicidad divina, deben ocurrir. Por lo cual sucede que todas las cosas que están bajo el destino están también sujetas a la providencia, de la cual el propio destino depende; mientras que ciertas cosas que están puestas bajo la providencia están por encima de la cadena del destino, a saber, aquellas cosas que, por su proximidad a la Divinidad primera, están firmemente fijas y yacen fuera del orden de los movimientos del destino. Pues, así como el más interior de varios círculos que giran en torno del mismo centro se aproxima a la simplicidad del punto central, y es, por así decirlo, un eje en torno al cual giran los círculos exteriores, mientras el más exterior, lanzado en órbita más amplia, abarca un espacio cada vez más largo, en proporción a su alejamiento de la unidad indivisible del centro, mientras que, además, todo lo que se junta y se alía al centro se estrecha a una simplicidad semejante, y ya no se expande vagamente en el espacio, así mismo todo lo que se aparta mucho de la mente primera queda más profundamente envuelto en las mallas del destino, y las cosas quedan libres del destino en la proporción en que buscan aproximarse a ese eje central; mientras que, si algo se adhiere estrechamente a la mente suprema en su fijeza absoluta, esto también, estando libre de movimiento, se eleva por encima de la necesidad del destino. Por lo tanto, así como el razonamiento está a la inteligencia pura, como lo que es engendrado está a lo que es, como el tiempo está a la eternidad, como un círculo está a su centro, así está la serie móvil del destino a la firmeza y la simplicidad de la providencia. 'Es esta serie causal la que mueve el cielo y las estrellas, armoniza los elementos en acuerdo mutuo y, a su vez, los transforma de nuevo en nuevas combinaciones; es _ella_ la que renueva la serie de todas las cosas que nacen y mueren por sucesiones semejantes de semilla y nacimiento; es _su_ operación la que vincula los destinos de los hombres por un nexo indisoluble de causalidad y, ya que procede en el principio de una providencia inalterable, esos destinos también deben necesariamente ser inmutables. Por consiguiente, el mundo es gobernado de la mejor manera si esta unidad que reside en la mente divina proyecta un orden inflexible de causas. Y este orden, por su inmutabilidad intrínseca, restringe las cosas mutables que, de otro modo, fluirían y refluirían al azar. Y así sucede que, aunque para vosotros, que no sois del todo capaces de entender este orden, todas las cosas parezcan confusas y desordenadas, hay, sin embargo, en todas partes un límite establecido que guía todas las cosas al bien. En verdad, nada puede ser hecho en vista del mal, ni siquiera por los propios malos; pues, como ampliamente probamos, ellos buscan el bien, pero son arrastrados fuera del camino por un error perverso; mucho menos puede este orden, que parte del supremo centro del bien, desviarse hacia ningún lado del camino en que comenzó. '"Sin embargo, qué confusión", dirás, "puede ser más injusta que la prosperidad y la adversidad caigan indiferentemente sobre los buenos, y lo que ellos gustan y lo que detestan vengan alternativamente sobre los malos!" Sí; pero ¿tienen los hombres, en la vida real, tanta cordura de mente que sus juicios sobre la rectitud y la maldad deben necesariamente corresponder a los hechos? Bien, justamente en este punto sus veredictos chocan, y aquellos que algunos consideran dignos de recompensa, otros consideran dignos de castigo. Pero, aunque hubiera uno que pudiera distinguir correctamente los buenos y los malos, ¿conseguiría él mirar hacia la constitución más íntima del alma, por así decirlo, si nos es permitido tomar prestada una expresión usada respecto del cuerpo? La maravilla aquí no es diferente de aquella que asombra a quien no sabe por qué, en la salud, las cosas dulces convienen a algunas constituciones y las amargas a otras, o por qué algunos enfermos se ven mejor aliviados por remedios blandos y otros por remedios severos. Pero el médico que distingue las condiciones y características precisas de la salud y la enfermedad no se asombra. Ahora bien, la salud del alma no es otra cosa que la rectitud, y el vicio es su enfermedad. Dios, la guía y médico de la mente, es quien preserva a los buenos y destierra a los malos. Y Él mira desde la torre de vigilancia de su providencia, percibe lo que es adecuado a cada uno, y atribuye lo que sabe ser conveniente. 'Esto, entonces, es aquello a lo que se reduce ese extraordinario misterio del orden del destino: que algo es hecho por quien sabe, y de eso los ignorantes se asombran. Pero consideremos algunos ejemplos, por los cuales se muestra cuál es la competencia de la razón humana para sondear la insondabilidad divina. He aquí uno a quien tienes por perfección de justicia e íntegro escrúpulo; a la Providencia que todo lo conoce le parece bien diferente. Todos conocemos la advertencia de nuestro Lucano, de que fue la causa victoriosa la que encontró el favor de los dioses, y la causa vencida, la de Catón. Así, si ves algo en este mundo ocurrir de modo diferente a tu expectativa, no dudes de que los eventos están rectamente ordenados; es en tu juicio donde hay confusión perversa. 'Concede, sin embargo, que se encuentre en algún lugar uno de carácter tan afortunado que Dios y el hombre por igual concordaran en sus juicios respecto a él; aun así, él es de algún modo enfermo en la fuerza de la mente. Puede ser que, si cae en la adversidad, deje de practicar esa inocencia que no consiguió asegurarle la fortuna. Por eso, la sabia dispensación de Dios protege a aquel a quien la adversidad podría hacer peor, y no deja sufrir a aquel que está mal preparado para soportar. Hay otro, perfecto en toda virtud, tan santo y tan próximo a Dios que la providencia juzga ilícito que algo de adverso le sobrevenga; antes bien, no permite ni siquiera que sea afligido por enfermedad corporal. Como dijo uno más excelente que yo: '"El propio cuerpo del varón santo es hecho del éter más puro." Muchas veces sucede que el gobierno se da a los buenos para que se ponga un freno a la superfluidad de la maldad. A otros la providencia atribuye alguna suerte mixta, adecuada a su naturaleza espiritual; a algunos los atormentará, para que no se ensoberbezcan por larga prosperidad; a otros sufrirá que sean vejados por duras aflicciones, para confirmar sus virtudes por el ejercicio y práctica de la paciencia. Algunos temen en demasía aquello que tienen fuerza para soportar; otros desprecian en demasía aquello a lo cual su fuerza es desigual. A todos estos los trae a prueba de su verdadero yo por medio del infortunio. Algunos también compraron un nombre reverenciado por las eras futuras al precio de una muerte gloriosa; algunos, por inquebrantable constancia bajo sus sufrimientos, dieron a otros el ejemplo de que la virtud no puede ser vencida por la calamidad, y todo esto, sin duda, sucede con acierto y en debido orden, y para beneficio de aquellos a quienes se ve suceder. 'Cuanto al otro lado de la maravilla, que los malos ora encuentran aflicción, ora obtienen el deseo de su corazón, esto también brota de las mismas causas. Cuanto a las aflicciones, claro está que nadie se asombra, porque todos tienen a los malos por merecedores del mal. La verdad es que sus castigos tanto alejan a otros del crimen como corrigen a aquellos sobre quienes se infligen; mientras que su prosperidad es un poderoso sermón a los buenos, sobre qué juicios deben pasar respecto de tal buena fortuna, que tan frecuentemente acompaña a los malos tan asiduamente. 'Hay otro objetivo que, creo, puede ser alcanzado en tales casos: hay tal vez uno cuya naturaleza es tan temeraria y violenta que la pobreza lo impeliría más desesperadamente al crimen. _A ese_ desajuste la providencia alivia, permitiéndole acumular dinero. Tal hombre, en el desasosiego de una conciencia manchada de culpa, al contrastar su carácter con su fortuna, tal vez se alarme, con miedo de venir a lamentar la pérdida de aquello cuya posesión le es tan agradable. Reformará, entonces, sus modos, y por miedo de perder su fortuna abandona su iniquidad. Algunos, por una prosperidad indignamente soportada, fueron lanzados de cabeza a la ruina; a algunos se confió el poder de la espada, a fin de que los buenos sean probados por la disciplina y los malos, castigados. Pues, así como no puede haber paz entre los justos y los malos, tampoco pueden los malos concordar entre sí. ¿Cómo podrían, cuando cada uno está en desacuerdo consigo mismo, porque sus vicios desgarran su conciencia, y frecuentemente hacen cosas que, después de hechas, juzgan que no deberían haber sido hechas? De donde esta providencia suprema hace suceder esta notable maravilla: que los malos hacen buenos a los malos. Pues algunos, cuando ven la injusticia que ellos mismos sufren a manos de los malhechores, se inflaman de detestación de los ofensores y, en el esfuerzo de ser diferentes de aquellos a quienes odian, vuelven a los caminos de la virtud. Es solo al poder divino que las cosas malas son también buenas, en la medida en que, dándoles uso adecuado, las conduce, al fin, a algún buen desenlace. Pues el orden, de un modo u otro, abraza todas las cosas, de modo que ni siquiera aquello que se apartó de las leyes establecidas del orden, sin embargo, cae dentro de _un_ orden, aunque de _otro_ orden, para que nada, en el reino de la providencia, quede entregado al azar. Pero '"Ardua sería la tarea, como la de un dios, de todo recontar, nada omitiendo." Ni, en verdad, es lícito al hombre abarcar en pensamiento todo el mecanismo de la obra divina, o exponerlo en palabras. Contentémonos en haber aprehendido solo esto: que Dios, el creador de la naturaleza universal, igualmente dispone todas las cosas y las guía al bien; y, mientras se empeña en preservar a su propia semejanza todo lo que creó, destierra todo mal de las fronteras de su reino por los lazos de la necesidad fatal. Por lo cual sucede que, si miras la providencia que dispone, no encontrarás en parte alguna los males que se cree abundan tanto en la tierra. 'Pero veo que hace mucho estás sobrecargado con el peso del tema, y fatigado con la extensión del argumento, y ahora buscas algún refrigerio de dulce poesía. Escucha, entonces, y que el sorbo así te restaure que vuelvas la mente con más resolución a lo que resta.' NOTAS: Parménides. Boecio parece olvidar por un momento que es la Filosofía quien habla.