A Consolação da Filosofia 3
Escrita na prisão, à espera da execução (c. 524), a obra-prima de Boécio é um diálogo entre o filósofo condenado e a Dama Filosofia: a roda da Fortuna, a verdadeira felicidade e o sumo Bem, o problema do mal e da providência, e a conciliação entre a presciência divina e o livre-arbítrio. Ponte entre a Antiguidade e a Idade Média, foi um dos livros mais lidos do Ocidente medieval
La verdadera felicidad y el sumo Bien
Ella calló, pero yo permanecí inmóvil, cautivo por la dulzura del canto, lleno de asombro y de una expectativa ansiosa, con los oídos aún atentos para escuchar. Y entonces, después de un instante, dije: 'Tú, soberano consuelo del alma abatida, ¡qué alivio me has traído, no menos por la dulzura de tu canto que por el peso de tus palabras! Verdaderamente, creo que de aquí en adelante no me faltarán fuerzas para los golpes de la Fortuna. Por eso, ya no temo los remedios que dijiste ser demasiado severos para mi condición; al contrario, estoy ansioso de oír hablar de ellos y los reclamo con toda mi vehemencia.'
Entonces ella dijo: 'Percibí que te aferrabas a mis palabras en silencio y atención, y yo esperaba, o, para hablar con más verdad, yo misma produje en ti ese estado de espíritu. Lo que ahora resta es de tal naturaleza que al paladar es en efecto amargo, pero, una vez recibido por dentro, se convierte en dulzura. Pero, ya que te dices deseoso de oír, ¿con qué ardor no arderías si pudieras percibir adónde me cabe conducirte!'
'¿Adónde?', pregunté yo.
'A la verdadera felicidad', dijo ella, 'que incluso ahora tu espíritu ve en sueños, pero no puede contemplar en su plena verdad, mientras tus ojos están absorbidos por aparencias.'
Entonces dije: 'Te suplico, muéstrame su verdadera forma sin perder ni un solo momento.'
'De buen grado lo haré, por amor a ti', dijo ella. 'Pero primero intentaré bosquejar en palabras y describir una causa que te es más familiar, para que, después de haberla examinado con cuidado, puedas volver los ojos hacia el otro lado y reconocer la belleza de la verdadera felicidad.'
Quienquiera que desee sembrar el campo en barbecho
Y ver crecer la cosecha,
Debe primero arrancar las hierbas inútiles,
La zarza y el espino.
Después del sabor amargo, el gusto de la miel
Es más dulce a la boca;
Después de la tormenta, las estrellas centellantes
Saludan más alegremente los ojos.
Cuando la noche pasa, viene la aurora luminosa
En el carro de matiz rosado;
Así, expulsa de tu mente la falsa felicidad,
Y verás la verdadera.
Por un breve espacio ella permaneció en una mirada fija, recogida, por así decir, en la augusta cámara de su mente; después comenzó así:
'Todas las criaturas mortales, en esos anhelos inquietos que se ocupan de tantas búsquedas variadas, aunque transiten muchos caminos, se esfuerzan por alcanzar una única meta: la meta de la felicidad. Ahora bien, el bien es aquello que, una vez obtenido por un hombre, nada más le puede faltar. Es esto el sumo bien de todo, conteniendo en sí mismo todo bien particular; de modo que, si aún le faltase algo, no podría ser el sumo bien, pues algo restaría fuera que pudiera ser deseado. Es claro, pues, que la felicidad es un estado perfeccionado por la reunión de todas las cosas buenas. A ese estado, como dijimos, todos los hombres procuran llegar, pero por caminos diferentes. Pues el deseo del verdadero bien está naturalmente implantado en las mentes de los hombres; sólo el error los lleva fuera del camino, en busca de lo falso. Algunos, juzgando ser el supremo bien el no precisar nada, no ahorran esfuerzos para alcanzar la riqueza; otros, juzgando que el bien es aquello a que más dignamente se presta respeto, se esfuerzan por conquistar la reverencia de sus conciudadanos por la obtención de cargos de dignidad. Hay los que fijan el bien supremo en el poder soberano; éstos o desean para sí el gozo de la soberanía, o intentan ligarse a los que la detienen. Otros, aún, que piensan ser la fama algo de excelencia suprema, se apresuran a desparramar la gloria de su nombre, sea por las artes de la guerra, sea por las de la paz. Un gran número mide la obtención del bien por la alegría y el contento del corazón; éstos piensan ser la cúspide de la felicidad entregarse al placer. Otros hay, aún, que intercambian entre sí los fines y los medios en sus objetivos; por ejemplo, algunos quieren riquezas por causa del placer y del poder, algunos codician el poder o por causa del dinero o para dar fama a su nombre. Es en esos fines, entonces, que se concentra el objetivo de los actos y los deseos humanos, y en otros semejantes a éstos; por ejemplo, el nacimiento noble y la popularidad, que parecen alcanzar cierta fama; la esposa y los hijos, que se buscan por la dulzura de poseerlos; mientras que, en cuanto a la amistad, la especie más sagrada es, en verdad, contada en la categoría de la virtud, no de la fortuna; pero las otras especies son emprendidas por causa del poder o del gozo. Y en cuanto a las excelencias del cuerpo, es obvio que deben ser alineadas con las arriba. Pues la fuerza y la estatura ciertamente manifiestan poder; la belleza y la ligereza de los pies traen celebridad; la salud trae placer. Es evidente, entonces, que el único objeto buscado en todos esos caminos es la felicidad. Pues aquello que cada uno busca de preferencia a todo lo demás, eso es, en su juicio, el sumo bien. Y definimos el sumo bien como siendo la felicidad. Por lo tanto, aquel estado que cada uno desea de preferencia a todos los otros es, en su juicio, feliz.
'Tienes, entonces, puesto delante de tus ojos algo como un esquema de la felicidad humana: riqueza, posición, poder, gloria, placer. Ahora bien, Epicuro, ateniéndose únicamente a esas consideraciones, concluyó con cierta coherencia que el sumo bien era el placer, porque todos los demás objetos parecen traer algún deleite al alma. Pero, para volver a las búsquedas y a los objetivos humanos: la mente del hombre procura recuperar su propio bien, a pesar de la niebla de su recuerdo, pero, como un ebrio, no sabe por cuál camino retornar a casa. ¿Piensas tú que están equivocados los que se esfuerzan por escapar a la carencia? No, verdaderamente no hay nada que pueda completar la felicidad tan bien como un estado abundante en todas las cosas buenas, que de nada precisa de fuera, pero es enteramente autosuficiente. ¿Caen en error los que juzgan que aquello que es lo mejor merece también recibir la homenaje de la reverencia? De ningún modo. No puede posiblemente ser vil y despreciable aquello para cuya obtención se dirigen los esfuerzos de casi toda la humanidad. ¿Entonces, no se debe contar el poder en la categoría del bien? Ahora bien, ¿puede aquello que es manifiestamente más eficaz que cualquier otra cosa ser tenido por algo débil y desprovisto de fuerza? ¿O debe la fama ser tenida en ninguna cuenta? No, no se puede ignorar que la más alta fama anda constantemente asociada a la más alta excelencia. ¿Y qué necesidad hay de decir que la felicidad no es atormentada por cuidados y tristeza, ni expuesta a abusos y vejaciones, ya que esa es una condición que pedimos incluso de la más ínfima de las cosas, de cuya posesión y gozo esperamos deleite? Así, entonces, estas son las bendiciones que los hombres desean conquistar: quieren riquezas, posición, soberanía, gloria, placer, porque creen que por esos medios garantizarán independencia, reverencia, poder, fama y alegría del corazón. Por lo tanto, es el bien que los hombres buscan por tan diversos caminos; y en esto se muestra fácilmente la fuerza del poder de la Naturaleza, pues, aunque las opiniones sean tan variadas y discordantes, aún así concuerdan en estimar el bien como el fin.'
Como la fuerza de la Naturaleza domina
El mundo entero en vías ordenadas,
Como leyes irresistibles gobiernan
Cada mínima porción del todo,
Yo quisiera, en verso resonante,
En mis cuerdas dóciles cantar.
He aquí el león capturado y cautivo,
Que mansamente lleva su cadena dorada;
Sin embargo, aunque sea alimentado a mano,
Aunque tema el azote de un señor,
Si apenas una vez el gusto de la sangre
Aguza de nuevo sus labios crueles,
Luego despierta su ferocidad adormecida,
Con un rugido rompe sus lazos,
Y primero descarga su fuerza vengativa
Sobre el cuerpo desgarrado de su domador.
Y el cantor del bosque, encerrado
En desolada prisión,
Aunque los cuidados pródigos de una dama
Le preparen reservas de dulzuras melíferas;
Aún así, si en su estrecha jaula,
Mientras salta de barra en barra,
Avistase a lo lejos los bosques,
Frescos bajo el follaje que abriga,
Todos esos manjares desdeñará,
Hacia los bosques se volverá su corazón;
Sólo por los bosques ansía,
Canta los bosques en todos sus cantos.
A la fuerza bruta la muda se vence,
Mientras la mano le aplica la presión;
Si la mano afloja la presión,
Luego la madera flexible salta de vuelta.
Febo en el mar del occidente
Se sumerge; pero veloz su carro de nuevo
Por un camino secreto es llevado
A las puertas habituales de la mañana.
Así se ven todas las cosas ansiar,
En el debido tiempo, por el debido retorno;
Y ningún orden fijo puede permanecer,
Sino aquel que, por el camino determinado,
Une el fin al principio
En un ciclo constante a girar.
'Vosotros también, criaturas de la tierra, tenéis algún vislumbre de vuestra origen, por más tenue que sea, y, aunque en una visión obscura y nublada, aún así, no obstante, de algún modo discernís el verdadero fin de la felicidad, y así el objetivo de la naturaleza os conduce hacia allá, hacia ese verdadero bien, mientras el error, en muchas formas, os desvía de él. Pues reflexionad si los hombres son capaces de conquistar la felicidad por aquellos medios por los cuales piensan alcanzar el fin propuesto. Verdaderamente, si la riqueza, la posición o cualquiera de las otras cosas trajesen consigo algo de tal naturaleza que pareciese nada le falta de bien, nosotros también reconoceríamos que algunos se hacen felices por la adquisición de esas cosas. Pero si ellas no son capaces de cumplir sus promesas y, además, carecen de muchos bienes, ¿no se descubre claramente que la felicidad que los hombres en ellas buscan es una falsa apariencia? Por eso te pregunto primero a ti mismo, que hace poco vivías en la abundancia: en medio de toda aquella cantidad de riqueza, ¿tu mente nunca fue perturbada en consecuencia de algún daño que te hiciesen?'
'No', dije yo, 'no puedo acordarme de ni un solo tiempo en que mi mente estuviese tan completamente en paz a punto de no sentir la punzada de alguna inquietud.'
'¿No era porque o faltaba algo que no querías que faltase, o estaba presente algo que querías lejos?'
'Sí', dije yo.
'¿Entonces, deseabas la presencia de una cosa y la ausencia de la otra?'
'Reconozco.'
'¿Pero un hombre carece de aquello de que tiene necesidad?'
'Carece.'
'¿Y quién carece de algo no es en todos los puntos autosuficiente?'
'No; ciertamente no', dije yo.
'¿Estabas, entonces, en la plenitud de tu riqueza, soportando esa insuficiencia?'
'Debería estar.'
'¿La riqueza, entonces, no puede hacer su poseedor independiente y libre de toda carencia, y, sin embargo, era esto lo que parecía prometer. Además, pienso que también esto bien merece ser considerado: que no hay nada en la naturaleza propia del dinero que impida que sea tomado, contra su voluntad, de aquellos que lo poseen.'
'Admito.'
'Ahora bien, por cierto, cuando todos los días el más fuerte lo arranca del más débil sin su consentimiento. ¿De dónde más surgen los procesos judiciales, sino de la búsqueda de recuperar dineros que fueron quitados, contra la voluntad del dueño, por la fuerza o por el fraude?'
'Es verdad', dije yo.
'¿Entonces, todos precisarán de algún medio externo de protección para mantener su dinero a salvo.'
'¿Quién osaría negarlo?'
'Sin embargo, no lo precisaría si no poseyese el dinero que es posible perder.'
'No; ciertamente no lo precisaría.'
'¿Entonces, llegamos a una conclusión opuesta: la riqueza que se pensaba hacer el hombre independiente, antes lo pone en la necesidad de más protección. ¿Cómo, entonces, en el mundo, puede la carencia ser apartada por la riqueza? ¿No pueden los ricos sentir hambre? ¿No pueden tener sed? ¿No son los miembros del rico sensibles al frío del invierno? "Pero", dirás tú, "el rico tiene con qué saciar su hambre, los medios de librarse de la sed y del frío." Bien verdad; la carencia puede así ser apaciguada por la riqueza, pero enteramente removida no puede. Pues, si esa carencia siempre abierta, siempre ávida, es hartada por la riqueza, es forzoso que la propia carencia, que puede ser así hartada, aún permanezca. No hablo de cuán poco basta a la naturaleza, y de cómo, para la avaricia, nada es suficiente. Por eso, si la riqueza no puede librarse de la carencia, y crea nuevas carencias propias, ¿cómo podéis creer que ella concede independencia?'
Aunque el codicioso, hecho rico,
Vea levantarse altos sus montes de oro;
Aunque junte reservas de tesoro
Que jamás lo pueden satisfacer;
Aunque de perlas resplándezca su collar,
De las más raras que el océano produce;
Aunque cien cabezas de bueyes
Trabajen en sus amplios campos;
Nunca el roedor cuidado lo abandonará
Mientras respire este soplo vital,
Y sus riquezas no van con él,
Cuando sus ojos se cierren en la muerte.
'Pues bien, pero ¿la dignidad oficial reviste de honor y reverencia al que le cabe! ¿Tienen, entonces, los cargos de Estado tal poder de plantar la virtud en las mentes de sus poseedores y de expulsar el vicio? No, antes suelen realzar la iniquidad que ahuyentarla, y de ahí surge nuestra indignación de que las honras tan a menudo recaigan sobre los más inicuos de los hombres. Por eso Catulo llama a Nonio de "llaga purulenta", aunque él estuviese "sentado en la silla curul". ¿No ves qué infamia la alta posición trae sobre los malos? Por cierto su indignidad sería menos visible si su posición no atrajese sobre ellos la atención del público. En tu propio caso, ¿hubieses sido alguna vez inducido, por todos esos peligros, a pensar en compartir un cargo con Decorato, ya que discerniste en él el espíritu de un parásita canalla y delator? No; no podemos juzgar dignos de reverencia, por causa de su cargo, a hombres que juzgamos indignos del propio cargo. Pero, si vieses un hombre dotado de sabiduría, ¿podrías suponerlo no digno de reverencia, ni de aquella sabiduría de que estaba dotado?'
'No; ciertamente no.'
'Hay en la Virtud una dignidad que le es propia, la cual ella inmediatamente transmite a aquellos a quienes se une. Y, ya que las honras públicas no pueden hacer esto, es claro que ellas no poseen la verdadera belleza de la dignidad. Y aquí esto bien merece ser notado: que, si un hombre es tanto más despreciado cuanto mayor el número de los que lo desprecian, la alta posición no sólo deja de conquistar reverencia para el perverso, sino que lo carga aún más de desprecio, atrayendo sobre él más atención. Pero no sin retribución; pues los perversos pagan de vuelta, en la misma moneda, a las dignidades que visten, con la contaminación de su contacto. Quizás, también, otra consideración pueda enseñarte a confesar que la verdadera reverencia no puede venir de esas dignidades falsificadas. Es ésta: si alguien que hubiese sido muchas veces cónsul, por acaso, visitase tierras bárbaras, ¿conquistaría su cargo la reverencia de los bárbaros? Y, sin embargo, si la reverencia fuese el efecto natural de las dignidades, ellas no abdicarían de su función propia en parte alguna del mundo, así como el fuego nunca, en lugar alguno, deja de irradiar calor. Pero, ya que ese efecto no se debe a su propia eficacia, y sí les es ligado por la opinión equivocada de la humanidad, ellas desaparecen de inmediato cuando puestas delante de los que no las estiman como dignidades. Así se da con los pueblos extranjeros. ¿Pero dura para siempre su reputación, incluso en la tierra de su origen? Ahora bien, la prefectura, que otrora fue un gran poder, es hoy un nombre vacío, una mera carga sobre la fortuna del senador; el comisario del abastecimiento público de trigo fue otrora un personaje; ahora, ¿qué hay de más despreciable que ese cargo? Pues, como dijimos hace poco, aquello que no tiene verdadera belleza propia ora recibe, ora pierde el brillo, al sabor del capricho de los que lo manejan. Así, entonces, si las dignidades no pueden conquistar reverencia a los hombres, si son en verdad manchadas por la contaminación de los perversos, si pierden su esplendor con los cambios del tiempo, si caen en desprecio sólo por falta de estima pública, ¿qué preciosa belleza tienen en sí mismas, y mucho menos para dar a los otros?'
Aunque la púrpura regia acaricie su orgullo,
Y perlas niveas le adornen el cuello,
Nerón, en toda su desenfreno, vive
El blanco de la burla universal.
Sin embargo, sobre cabezas venerables confirió
Las ingloriosas honras del Estado.
¿Iremos, entonces, a juzgar verdaderamente felices
A aquellos a quienes tal preferencia hizo grandes?
'Pues bien, entonces: ¿la soberanía y la intimidad de los reyes se prueban capaces de conferir poder? Ahora bien, por cierto la felicidad de los reyes no dura para siempre, ¿verdad? Y, sin embargo, la antigüedad está llena de ejemplos, y también estos días, de reyes cuya felicidad se convirtió en calamidad. ¡Qué glorioso poder, aquel que ni para su propia preservación se muestra eficaz! Pero, si la felicidad tiene su fuente en el poder soberano, ¿no queda la felicidad disminuida, y la miseria infligida en su lugar, en la medida en que ese poder queda por debajo de la plenitud? Sin embargo, por más ampliamente que se extienda la soberanía humana, deberán restar aún más pueblos sobre los cuales cada rey en particular no ejerce dominio. Ahora bien, en cualquier punto en que cesa el poder de que depende la felicidad, allí se insinúa la impotencia y produce la desventura; así, por ese modo de contar, deberá haber forzosamente un saldo de desventura en la porción del rey. El tirano que experimentara los peligros de su condición figuró los temores que asedian un trono bajo la imagen de una espada suspendida sobre la cabeza de un hombre. ¿Qué especie de poder, entonces, es éste que no puede apartar las roeduras de la ansiedad ni esquivar las aguijadas del terror? De buen grado hubiesen ellos propios vivido en seguridad, pero no pueden; y entonces se jactan de su poder. ¿Cuentas tú que posee poder aquel que ves desear lo que no puede realizar? ¿Cuentas tú que posee poder aquel que se rodea de una guardia personal, que teme más a los que aterroriza que éstos lo temen, que, para mantener la apariencia de poder, está él propio a merced de sus esclavos? ¿Preciso decir algo de los amigos de los reyes, cuando muestro el propio dominio regio tan completa y miserablemente débil? ¿Por qué tantas veces el poder regio, en su plenitud, los derriba; tantas veces los envuelve en su caída? Nerón forzó a su amigo y preceptor, Séneca, a elegir el modo de su muerte. Antonino expuso a Papiniano, que por mucho tiempo fuera poderoso en la corte, a las espadas de la soldadesca. Sin embargo, cada uno de ellos estaba dispuesto a renunciar a su poder. Séneca intentó rendir también su riqueza a Nerón, y retirarse a la vida privada; pero ninguno de los dos logró su intento. Cuando vacilaron, la propia grandeza los arrastró para abajo. ¿Qué especie de cosa, entonces, es este poder que mantiene a los hombres en el miedo mientras lo poseen, que, cuando lo quieres guardar, no estás seguro, y cuando lo deseas dejar de lado, no consigues liberarte de él? ¿Son los amigos alguna protección, cuando fueron ligados por la fortuna, no por la virtud? No; aquel a quién la buena fortuna hizo amigo, la mala fortuna lo hará enemigo. ¿Y qué plaga es más eficaz para hacer mal que un enemigo de la propia casa?'
NOTAS DE RODAPÉ:
La espada de Dámocles.
Quién el poder pone por blanco,
Primero debe domar su propio espíritu;
Debe evitar poner el cuello
Bajo el yugo profano de la pasión.
Pues, aunque la tierra lejana de la India
Se curve ante su vasto comando,
Y la extrema Tule le preste homenaje,
Si no consigue apartar
El cuidado obsesivo y la negra aflicción,
En su poder, él es impotente.
'Una vez más: ¡qué engañosa, qué vil, es muchas veces la gloria! Bien exclama el poeta trágico:
'"Oh vana Reputación, ¡cuántas y cuántas veces
No has levantado en orgullo al rústico de baja estirpe!"
Pues muchos conquistaron un gran nombre por causa de las creencias equivocadas de la multitud; ¿y qué se puede imaginar de más vergonzoso que eso? No, los que son loados falsamente forzosamente deben ruborizarse ante sus propios loores. Y, incluso cuando el loor es conquistado por mérito, ¿en qué añade a la buena consciencia del sabio, que mide su bien no por la reputación popular, sino por la verdad de la convicción interior? Y, si de algún modo parece cosa buena ver esa misma fama esparcirse por el mundo entero, se sigue que cualquier fracaso en esparcirla es tenido por feo. Pero si, como acabo de exponer, debe forzosamente haber muchas tribus y pueblos a quienes la fama de un único hombre no puede alcanzar, se sigue que aquel que tú estimas glorioso parece todo inglorio en una región vecina del globo. En cuanto al favor popular, no lo pienso digno ni de mención en este lugar, ya que nunca viene del juicio, y nunca dura con firmeza.
'Y, una vez más: ¿quién no ve cuán vacía, cuán tonta, es la fama del nacimiento noble? Ahora bien, si la nobleza se basa en la fama, la fama es de otro. Pues, en verdad, la nobleza parece ser una especie de reputación que viene de los méritos de los antepasados. Pero, si es el loor que trae fama, forzosamente son los que son loados los que quedan famosos. Por eso, la fama de otro no te reviste de esplendor si no tienes ninguna propia. Así, si hay alguna excelencia en la nobleza de nacimiento, me parece ser ésta solamente: que ella impondría a los noblemente nacidos la obligación de no degenerar de la virtud de sus antepasados.'
Todos los hombres son de un solo tronco aparentado, aunque esparcidos por toda parte;
Pues un solo es Padre de todos nosotros, uno solo a todos provee.
Él dio al sol sus rayos dorados, a la luna su cuerno de plata;
Puso la humanidad sobre la tierra, como las estrellas adornan los cielos.
Encerró una alma, alma nacida del cielo, dentro de la armadura del cuerpo;
La noble origen que él dio puede todo mortal reivindicar.
¿Por qué os gloriáis, entonces, tan alto, de la raza y de la alta linaje ancestral?
Si contemplaseis la fuente de vuestro ser, y el supremo designio de Dios,
Nadie es degenerado, nadie vil, sino por mancha de pecado
Y por el vicio cultivado que suciamente mancha su origen celestial.
'¿Entonces, qué diré de los placeres del cuerpo? El deseo de ellos es lleno de inquietud; la saciedad, de arrepentimiento. ¿Qué enfermedades, qué dolores intolerables suelen traer a los cuerpos de los que los gozan, como frutos de la iniquidad! Ahora bien, qué dulzura pueda tener el estímulo del placer, no sé. Pero que los resultados del placer son dolorosos, todos pueden entender, si eligen evocar la memoria de sus propias lujurias carnales. No, si ellas pudiesen producir la felicidad, no habría razón para que también las bestias no fuesen felices, ya que todos sus esfuerzos se vuelven, ávidos, a satisfacer las carencias del cuerpo. Sé, de cierto, que la dulzura de la esposa y de los hijos debería ser muy grata; y, sin embargo, es demasiado verdadero para la naturaleza lo que se dijo de cierto hombre: que él encontró en los hijos sus verdugos. ¿Y cuán amarga sería tal contingencia, forzoso me es traerte a la memoria, ya que tú nunca, de modo alguno, sufriste tales experiencias, ni estás ahora bajo inquietud alguna. En un caso así, concuerdo con mi siervo Eurípides, que dijo que un hombre sin hijos era afortunado en su desventura.'
NOTAS DE RODAPÉ:
Paley traduce los versos de la "Andrómaca" de Eurípides: "Ellos [los sin hijos] son, de cierto, ahorrados de mucho dolor y tristeza, pero su supuesta felicidad no pasa, después de todo, de miseria." El sentido de Eurípides es, por lo tanto, en verdad, el inverso de aquel que Boecio le atribuye. Ver Eurípides, "Andrómaca", vv. 418-420.
Tal es el modo del Placer:
Hiere a los que lo despojan;
Y, como el alado obrero
Que perdió su tesoro de miel,
Vuela, pero deja su aguijón
Clavado profundo en el corazón.
'Está fuera de duda, entonces, que esos caminos no conducen a la felicidad; no pueden guiar a nadie a la meta prometida. Ahora mostraré, muy brevemente, que graves males están envueltos en seguirlos. Considera bien. ¿Es tu empeño amontonar dinero? Ahora bien, tendrás que arrancarlo de su actual poseedor. ¿Tienes la intención de vestir el esplendor de la dignidad oficial? Tendrás que implorarla a los que tienen el poder de concedérsela; tú, que codicia superar a los otros en honor, tendrás que rebajarte a la postura humilde de la súplica. ¿Ansías el poder? Tendrás que enfrentar peligros, pues estarás a merced de las conspiraciones de tus súbditos. ¿Es la gloria tu blanco? Eres atraído a través de toda especie de dificultades, y hay un fin para tu paz de espíritu. ¿Quieres llevar una vida de placer? Sin embargo, ¿quién no desprecia y condena aquel que es esclavo de la más débil y vil de las cosas, el cuerpo? Y, una vez más, ¿sobre qué posesión tan escasa y perecedera se apoyan los que ponen delante de sí las excelencias del cuerpo? ¿Podríais alguna vez superar al elefante en volumen o al toro en fuerza? ¿Podéis exceder al tigre en rapidez? Mirad la infinitud, la solidez, el movimiento veloz de los cielos, y, al menos una vez, dejad de admirar cosas mezquinas y sin valor. Y, sin embargo, los cielos no son tanto de admirar por esa causa como por la razón que los gobierna. Y, después, ¡cuán transitorio es el brillo de la belleza! ¡Cuán de prisa se va! Más fugaz que la flor marchita de las flores de la primavera. Y, sin embargo, si, como dice Aristóteles, los hombres viesen con los ojos de Linceo, de modo que su vista atravesase los obstáculos, ¿no parecería de todo repugnante aquel cuerpo de Alcibíades, tan gloriosamente bello en la apariencia exterior, cuando todas sus partes internas se abriesen a la vista? Por lo tanto, no es tu propia naturaleza que te hace parecer bello, sino la debilidad de los ojos que te ven. Sin embargo, apreciad tanto como queráis, incluso que indebidamente, las excelencias de ese cuerpo; con tal de que sepáis que esto que admiráis, cualquiera que sea su valor, puede ser disuelto por la débil llama de una fiebre de tres días. De todas esas consideraciones podemos concluir, en conjunto, que esas cosas que no pueden cumplir las ventajas que prometen, que nunca son tornadas perfectas por la reunión de todos los bienes, esas ni conducen por atajos a la felicidad, ni por sí mismas hacen los hombres completamente felices.'
¡Ay! ¡Cuán lejos extraviada
La Ignorancia conduce esos pobres mortales
Del propio camino de la Verdad!
Pues no en tallos frondosos
Buscáis vosotros, en el bosque verde, el oro,
Ni despojáis la vid en busca de gemas;
Vuestras redes no extendéis
Sobre los cumes de los montes, para que la mesa farta
De pescado sea provista;
Si deseáis cazar
La cabra saltarina, no barréis en vana búsqueda
La faz encrespada del océano.
Las profundidades distantes del mar ellos conocen,
Cada rincón oculto, donde las ondas bañan
La perla blanca como la nieve;
Donde se esconde la concha de Tiro,
Donde abundan peces y erizos espinosos,
Todo esto ellos saben muy bien.
Pero no saber ni preocuparse
Donde yace oculto el bien que todos los corazones desean:
Esa ceguera ellos pueden soportar;
Con la mirada baja, fija en la tierra,
Buscan aquello que alcanza muy más allá
Del firmamento estrellado.
¿Qué maldición lanzaré
Sobre corazones tan obtusos? ¡Que continúen ellos corriendo la carrera
Tras la riqueza y la alta fama!
¡Y cuando, con mucho esfuerzo,
El falso bien hayan agarrado, ay, ¡entonces demasiado tarde!,
¡Puedan ellos discernir el verdadero!
'Esto bien puede bastar para exponer la forma de la falsa felicidad; si esto está ahora claro a tus ojos, el paso siguiente es mostrar qué es la verdadera felicidad.'
'De cierto', dije yo, 'veo con bastante claridad que ni la independencia se encuentra en la riqueza, ni el poder en la soberanía, ni la reverencia en las dignidades, ni la fama en la gloria, ni la verdadera alegría en los placeres.'
'¿Discerniste también las causas de por qué esto es así?'
'Me parece tener algún vislumbre, pero quisiera aprender más ampliamente de ti.'
'Ahora bien, en verdad la razón está bien a la mano. Aquello que es simple e indivisible por naturaleza, el error humano separa, y transforma de lo verdadero y perfecto en lo falso e imperfecto. ¿Imaginas que aquello a que nada le falta pueda carecer de poder?'
'Ciertamente no.'
'Cierto; pues, si hay alguna debilidad de fuerza en algo, en éste forzosamente habrá necesidad de protección externa.'
'Es así.'
'Por consiguiente, la naturaleza de la independencia y la del poder son una y la misma.'
'Así parece.'
'Pues bien, ¿pero piensas que algo de tal naturaleza como ésta pueda ser mirado con desprecio, u es antes, de todas las cosas, la más digna de veneración?'
'No; no puede haber duda en cuanto a eso.'
'Añadamos, entonces, la reverencia a la independencia y al poder, y concluyamos que estos tres son uno.'
'Debemos hacerlo, si queremos reconocer la verdad.'
'¿Piensas, entonces, que esta combinación de cualidades sea obscura y sin distinción, u antes famosa en toda la fama? Considera bien: ¿puede carecer de fama aquello de que se convino nada le falta, ser supremo en poder, y bien digno de honor, por la razón de que no puede conferir a sí mismo esa fama, y así llega a parecer un tanto pobre en estima?'
'No puedo sino reconocer que, siendo lo que es, esta unión de cualidades es también bien famosa.'
'Se sigue, entonces, que debemos admitir que la fama no es diferente de las otras tres.'
'Se sigue', dije yo.
'Aquello, entonces, que de nada precisa fuera de sí mismo, que puede realizar todas las cosas por su propia fuerza, que goza de fama e impone reverencia, ¿no debe esto evidentemente ser también plenamente coronado de alegría?'
'Verdaderamente, no puedo concebir', dije yo, 'cómo alguna tristeza pueda encontrar entrada en tal estado; por eso forzoso me es reconocerlo lleno de alegría, al menos si nuestras conclusiones anteriores han de mantenerse.'
'Entonces, por las mismas razones, también esto es necesario: que independencia, poder, fama, reverencia y dulzura del deleite difieran solamente en el nombre, pero en sustancia no difieran de modo alguno uno del otro.'
'Es así', dije yo.
'Esto, entonces, que es uno y simple por naturaleza, la perversidad humana separa, y, al intentar conquistar una parte de aquello que no tiene partes, no consigue alcanzar ni aquella porción (ya que no hay porciones), ni tampoco el todo, al cual ni sueña aspirar.'
'¿Cómo así?', dije yo.
'Aquel que, para escapar a la carencia, busca riquezas, no se preocupa por el poder; prefiere una condición mezquina y baja, y también se niega muchos placeres caros a la naturaleza, para evitar perder el dinero que ganó. Pero, a ese ritmo, él ni siquiera alcanza la independencia: un débil desprovisto de fuerza, atormentado por aflicciones, mezquino y despreciado, y enterrado en la obscuridad. Aquel, por su vez, que tiene sed sólo de poder, derrocha su riqueza, desprecia el placer, y juzga la fama y la posición igualmente sin valor sin el poder. Pero tú ves de cuántos modos también su estado es deficiente. A veces sucede que le faltan las cosas necesarias, que es roído de ansiedades, y, ya que no puede librarse de esos inconvenientes, deja incluso de tener aquel poder que era todo su fin y blanco. De igual modo podemos hacer las cuentas en el caso de la posición, de la gloria, o del placer. Pues, ya que cada una de éstas, aisladamente, es idéntica a las demás, quienquiera que busque cualquiera de ellas sin las otras no llega ni a alcanzar aquella única que hace su blanco.'
'Pues bien', dije yo, '¿y entonces?'
'Supongamos que alguien desee obtenerlas juntas: él de cierto desea la felicidad como un todo; ¿pero la encontrará en esas cosas que, como probamos, son incapaces de conceder lo que prometen?'
'No; de modo alguno', dije yo.
'Entonces, la felicidad ciertamente no debe ser buscada en esas cosas que, aisladamente, se cree conceden alguna de las bendiciones más deseables.'
'No deben; admito. Ninguna conclusión podría ser más verdadera.'
'Así, entonces, la forma y las causas de la falsa felicidad están puestas delante de tus ojos. Ahora vuelve tu mirada al otro lado; allí verás luego la verdadera felicidad que prometí.'
'Sí, de cierto, es evidente incluso para un ciego', dije yo. 'Tú la has señalado justo ahora, al buscar desvendar las causas de la falsa. Pues, si no me engaño, verdadera y perfecta felicidad es aquella que corona al hombre con la unión de independencia, poder, reverencia, fama y alegría. Y, para probarte con qué profunda comprensión escuché, ya que todas éstas son la misma cosa, aquello que puede verdaderamente conceder una de ellas yo sé, sin duda, ser felicidad plena y completa.'
'Afortunado eres tú, mi discípulo, en esa tu convicción; sólo una cosa deberías acrescentar.'
'¿Qué cosa es esa?', dije yo.
'¿Hay algo, piensas tú, en medio de estas cosas mortales y perecederas, que pueda producir un estado como éste?'
'No, ciertamente no; y esto tú demostraste tan ampliamente que ninguna palabra más es necesaria.'
'Pues bien, entonces, estas cosas parecen dar a los mortales sombras del verdadero bien, o alguna especie de bien imperfecto; pero el verdadero y perfecto bien ellas no pueden conceder.'
'Es así mismo', dije yo.
'Desde que, entonces, aprendiste qué es la verdadera felicidad, y lo que los hombres falsamente llaman felicidad, ahora resta que aprendas de cuál fuente buscarla.'
'Sí; es para esto que hace mucho ansío ansiosamente.'
'Pues bien, ya que, como Platón sostiene en el "Timeo", debemos, incluso en las cuestiones más triviales, implorar la protección divina, ¿qué piensas que debemos ahora hacer para merecer encontrar la sede de aquel sumo bien?'
'Debemos invocar al Padre de todas las cosas', dije yo; 'pues sin esto ningún empreendimiento parte de un principio recto.'
'Bien dices', dijo ella; y luego levantó la voz y cantó:
CANTO IX.
INVOCACIÓN.
Creador de la tierra y del cielo, que de era en era
Gobiernas el mundo por la razón; a cuya palabra
El Tiempo brota del abismo de la Eternidad:
A todo lo que se mueve, la fuente del movimiento, fijo
Tú mismo e inmóvil. A ti ninguna causa impelió,
Extrínseca, a moldear esta armadura proporcionada
De materia sin forma; sino, profundamente puesta dentro
De tu ser más íntimo, la forma del bien perfecto,
Libre de envidia; y tú modelaste el todo
Según aquel patrón supremo. Bello,
El mundo en ti así reflejado, siendo tú mismo
Lo más bello. Así modelaste tú la obra
En aquella formosa semejanza, mandando que ella vistiese
La perfección por la primorosa perfección
Del ingenio de cada parte. Tú ligas
Los elementos en armonía equilibrada,
De modo que lo caliente y lo frío, lo húmedo y lo seco
No contienden; ni el fuego puro, saltando hacia lo alto,
Escape, o el peso de las aguas ahogue la tierra.
Tú unes y difundes por el todo,
Ligando concordemente sus varias partes,
Un alma de triple naturaleza, que todo mueve.
Esta, hendida en dos, y en dos círculos reunida,
Corre en un camino que sobre sí mismo retorna,
Abarcando los límites de la mente, y conforma
Los cielos a su verdadera semejanza. Almas menores
Y vidas menores, por igual decreto,
Tú envías, fijando cada una a su carro estrellado,
Y las esparcis por toda parte
Sobre la tierra y el cielo. Éstas, por una ley benigna,
Tú mandas volver de nuevo, y devolver
A ti sus fuegos. Oh, concede, Padre todopoderoso,
Concédenos, en el ala de la razón, volar hacia lo alto,
A la sublime altura del cielo; concédenos ver
La fuente del bien; concédenos, hallada la verdadera luz,
Fijar nuestros ojos firmes en visión clara
Sobre ti. Dispersa las densas brumas de la tierra,
Y brilla en tu propio esplendor. Pues tú eres
La verdadera serenidad y el perfecto reposo
De toda alma piadosa: ver tu faz,
El fin y el principio, un solo guía,
El viajero, el camino y la meta.
NOTAS DE RODAPÉ:
La substancia de este poema es tomada del "Timeo" de Platón, 29-42.
Ver Jowett, vol. iii., pp. 448-462 (tercera edición).
'Desde que ahora viste cuál es la forma del bien imperfecto, y cuál también la del perfecto, me parece que debo, a seguir, mostrar de qué modo se construye esa perfección de la felicidad. Y aquí concibo ser propio indagar, primero, si alguna excelencia, tal como hace poco definiste, puede existir en la naturaleza de las cosas, para que no seamos engañados por una ficción vacía del pensamiento, a la cual ninguna realidad verdadera corresponda. Pero no se puede negar que tal existe, y es, por así decir, la fuente de todas las cosas buenas. Pues todo lo que se llama imperfecto es dicho imperfecto por razón de la privación de alguna perfección; así sucede que, siempre que se encuentra imperfección en algo particular, forzosamente debe haber también una perfección respecto de ese particular. Pues, si no hubiese tal perfección, es totalmente inconcebible cómo esa llamada imperfección vendría a existir. La naturaleza no comienza con cosas mutiladas e imperfectas; ella parte de lo que es íntegro y perfecto, y decae más tarde a estas producciones débiles e inferiores. Así, si existe, como mostramos antes, una felicidad de especie frágil e imperfecta, no se puede dudar de que existe también una felicidad substancial y perfecta.'
'Verdaderísima es tu conclusión, y segurísima', dije yo.
'A seguir, hay que considerar donde pueda estar la morada de esa felicidad. La creencia común de toda la humanidad concuerda en que Dios, lo supremo de todas las cosas, es bueno. Pues, ya que nada se puede imaginar mejor que Dios, ¿cómo podemos dudar de que sea bueno aquel del cual nada hay de mejor? Ahora bien, la razón muestra que Dios es bueno de tal modo que prueba que en él está el bien perfecto. Pues, si no fuese así, él no sería supremo de todas las cosas; pues habría algo más excelente, poseedor del bien perfecto, que parecería tener la ventaja en prioridad y dignidad, ya que quedó claramente patente que todas las cosas perfectas son anteriores a las menos completas. Por eso, para no caer en una regresión infinita, debemos reconocer que el supremo Dios es lleno del bien supremo y perfecto. Pero determinamos que la verdadera felicidad es el bien perfecto; por lo tanto, la verdadera felicidad forzosamente ha de morar en la suprema Divinidad.'
'Acepto tus razonamientos', dije yo; 'ellos no pueden de modo alguno ser contestados.'
'Pero, ven, ve con qué rigor y de modo incontrovertible puedes probar esta nuestra afirmación: que la suprema Divinidad tiene la más plena posesión del sumo bien.'
'¿De qué modo, ruego?', dije yo.
'No supongas precipitadamente que aquel que es el Padre de todas las cosas haya recibido ese sumo bien, del cual se dice poseedor, o de alguna fuente externa, o que lo tenga como una dotación natural de tal suerte que pudieses considerar distintas y diferentes la esencia de la felicidad poseída y la del Dios que la posee. Pues, si lo juzgares recibido de fuera, podrás estimar aquello que da más excelente que aquello que recibió. Pero a él, con toda razón, reconocemos como lo más supremamente excelente de todas las cosas. Si, sin embargo, está en él por naturaleza, pero es lógicamente distinto, el pensamiento es inconcebible, ya que estamos hablando de Dios, que es supremo de todas las cosas. ¿Quién habría para unir esas esencias distintas? Por fin, cuando una cosa es diferente de otra, las cosas así concebidas como distintas no pueden ser idénticas. Por lo tanto, aquello que, por su propia naturaleza, es distinto del sumo bien no es, él mismo, el sumo bien, un pensamiento impío respecto de aquel del cual, es evidente, nada puede ser más excelente. Pues, universalmente, nada puede ser mejor, por naturaleza, que la fuente de la cual vino; por lo tanto, por verdaderísimos fundamentos de la razón, yo concluiría que aquello que es la fuente de todas las cosas es, en su propia esencia, el sumo bien.'
'Y muy justamente', dije yo.
'Pero el sumo bien fue admitido como siendo la felicidad.'
'Sí.'
'Entonces', dijo ella, 'es necesario reconocer que Dios es la propia felicidad.'
'Sí', dije yo; 'no puedo contradecir mis admisiones anteriores, y veo claramente que ésta es una inferencia necesaria de ellas.'
'Reflexiona, también', dijo ella, 'si la misma conclusión no queda aún más confirmada al considerar que no puede haber dos sumos bienes, distintos uno del otro. Pues los bienes que son diferentes claramente no pueden ser, cada uno, aquello que el otro es; por eso, ninguno de los dos puede ser perfecto, ya que a cada uno le falta el otro; pero, ya que no es perfecto, no puede manifiestamente ser el sumo bien. De modo alguno, entonces, pueden ser diferentes uno del otro los bienes que son supremos. Pero concluimos que tanto la felicidad cuanto Dios son el sumo bien; por eso, aquello que es la suprema Divinidad debe también, él mismo, ser forzosamente la suprema felicidad.'
'Ninguna conclusión', dije yo, 'podría ser más verdadera de cierto, ni más solidamente razonada, ni más digna de Dios.'
'Entonces, aún', dijo ella, 'así como los geómetras acostumbran a tirar de sus demostraciones inferencias a las cuales dan el nombre de "deducciones", así añadiré aquí una especie de corolario. Pues, ya que los hombres se hacen felices por la adquisición de la felicidad, al paso que la felicidad es la propia divinidad, es manifiesto que ellos se hacen felices por la adquisición de la divinidad. Pero, así como por la adquisición de la justicia los hombres se hacen justos, y sabios por la adquisición de la sabiduría, del mismo modo, por paridad de razonamiento, al adquirir la divinidad ellos forzosamente han de hacerse dioses. Así, todo hombre que es feliz es un dios; y, aunque por naturaleza Dios sea Uno solo, nada impide que muchísimos sean dioses por participación en esa naturaleza.'
'Una bella conclusión, y preciosa', dije yo, 'deducción o corolario, cualquiera que sea el nombre que le quieras dar.'
'Y, sin embargo', dijo ella, 'ni un poco más bella que ésta que la razón nos persuade a añadir.'
'¿Ahora, cuál?', dije yo.
'Ahora bien, viendo que la felicidad tiene muchos particulares incluidos bajo ella, ¿deberían todos éstos ser tenidos como formando un solo cuerpo de felicidad, como que hecho de varias partes, u hay alguno de ellos que forma la plena esencia de la felicidad, al paso que todos los demás son relativos a éste?'
'Quisiera que me desplegaras toda la cuestión ampliamente.'
'¿Juzgamos la felicidad ser un bien, no es verdad?'
'Sí, el sumo bien.'
'¿Y este superlativo se aplica a todos; pues esta misma felicidad es tenida por ser la más completa independencia, el más alto poder, reverencia, fama y placer.'
'¿Y entonces?'
'¿Son todos éstos bienes, independencia, poder y el resto, a ser tenidos por miembros de la felicidad, por así decir, u son todos relativos al bien, como a su cúspide y corona?'
'Entiendo el problema, pero deseo oír cómo tú lo resolverías.'
'Pues bien, entonces, escucha la determinación de la cuestión. Si fuesen todos éstos miembros a componer la felicidad, ellos diferirían, aisladamente, uno del otro. Pues ésta es la naturaleza de las partes: que, por su diferencia, componen un solo cuerpo. Todos éstos, sin embargo, fueron probados ser lo mismo; por lo tanto, no pueden posiblemente ser miembros, de lo contrario la felicidad parecería ser construida a partir de un solo miembro, lo que no puede ser.'
'No puede haber duda en cuanto a eso', dije yo; 'pero estoy impaciente por oír lo que resta.'
'Ahora bien, es manifiesto que todos los demás son relativos al bien. Pues la propia razón por la que se busca la independencia es que ella es juzgada buena, y así también el poder, porque se cree que es bueno. Lo mismo, también, puede suponerse de la reverencia, de la fama y del agradable deleite. El bien, entonces, es la suma y la fuente de todas las cosas deseables. Aquello que no tiene en sí ningún bien, ni en realidad ni en apariencia, no puede de modo alguno ser deseado. Al contrario, incluso cosas que por naturaleza no son buenas son deseadas como si fuesen verdaderamente buenas, si así parecen. De ahí sucede que, con razón, se cree ser la bondad la suma, el eje y la causa de todas las cosas deseables. Ahora bien, aquello en vista del cual algo es deseado parece, él mismo, ser lo más ardientemente deseado. Por ejemplo, si alguien desea cabalgar por causa de la salud, no desea tanto el ejercicio de cabalgar cuanto el beneficio de su salud. Ya que, entonces, todas las cosas son buscadas por causa del bien, no son tanto éstas cuanto el propio bien que es buscado por todos. Pero aquello por cuya causa todas las otras cosas son deseadas era, convinimos, la felicidad; por eso, de este modo también se muestra que es la felicidad, y sólo ella, que es buscada. De todo lo que decurre transparentemente claro que la esencia del bien absoluto y la de la felicidad son una y la misma.'
'No consigo ver cómo alguien pude discordar de estas conclusiones.'
'Pero también probamos que Dios y la verdadera felicidad son una y la misma cosa.'
'Sí', dije yo.
'Entonces podemos concluir con seguridad, también, que la esencia de Dios está asentada en el bien absoluto, y en ningún otro lugar.'
Venid aquí, todos vosotros cuyas mentes
La pasión prende con rosados grilletes,
La pasión que a la dura servidumbre compele
Las almas terrenas que son su morada,
Aquí tendrá fin vuestro labor;
Aquí vuestro puerto de reposo.
Venid, a vuestro único refugio acorred;
¡Largo se abre a toda aflicción!
Ni el destello del oro amarillo
Rodado por la corriente del luminoso Hermo;
Ni las arenas preciosas del Tejo,
Ni, en tierras escaldantes y lejanas,
Todas las gemas radiantes que se esconden
Bajo la marea célebre del Indo,
Esmeralda verde y blanco centellante,
Pueden iluminar nuestra débil vista;
Antes, dejan la mente
En su obscuridad nativa, ciega.
Pues los más bellos rayos que ellos lanzan
En las más bajas profundidades de la tierra fueron nutridos;
Pero el esplendor que da
Fuerza y vigor a los cielos,
Y gobierna el universo,
Huye de las almas obscuras y arruinadas.
Quién una vez vio esta luz
No llamará brillante el rayo del sol.
'Concuerdo plenamente', dije yo, 'en verdad todos tus razonamientos se sustentan maravillosamente en conjunto.'
Entonces ella dijo: '¿Qué valor darías a tal dádiva, si llegases al conocimiento del bien absoluto?'
'Oh, un valor infinito', dije yo, 'si tan sólo yo fuese tan venturoso a punto de aprender a conocer también a Dios, que es el bien.'
'Sin embargo, esto te haré claro por verdaderísimos fundamentos de la razón, si tan sólo nuestras conclusiones recientes se mantengan firmes.'
'Se mantendrán.'
'¿No mostramos que aquellas cosas que la mayoría de los hombres desea no son el verdadero y perfecto bien, precisamente por esta causa: que difieren, aisladamente, una de la otra, y, visto que a una le falta la otra, no pueden conceder el bien pleno y absoluto; pero que se hacen el verdadero bien cuando son reunidas, por así decir, en una sola forma y acción, de modo que aquello que es independencia sea igualmente poder, reverencia, fama y agradable deleite; y, a menos que sean todas una y la misma cosa, no tienen pretensión alguna de ser contadas entre las cosas deseables?'
'Sí; esto fue claramente probado, y no puede de modo alguno ser puesto en duda.'
'Ahora bien, cuando las cosas están lejos de ser buenas mientras son diferentes, pero se hacen buenas tan luego como son una sola, ¿no es verdad que ellas se hacen buenas al adquirir la unidad?'
'Así parece', dije yo.
'Pero ¿no admites tú que todo lo que es bueno es bueno por participación en la bondad?'
'Admito.'
'Entonces, debes, por fundamentos semejantes, admitir que la unidad y la bondad son la misma cosa; pues, cuando los efectos de las cosas, en su acción natural, no difieren, su esencia es una y la misma.'
'No hay como negarlo.'
'Ahora bien, ¿sabes tú', dijo ella, 'que todo lo que permanece y subsiste mientras continúa uno, pero, tan luego que deja de ser uno, perece y se desmorona en pedazos?'
'¿De qué modo?'
'Ahora bien, toma los animales, por ejemplo. Cuando el alma y el cuerpo se juntan, y permanecen en uno, esto es, decimos, una criatura viva; pero, cuando esa unidad se rompe por la separación de los dos, la criatura muere, y claramente ya no está viva. El cuerpo, también, mientras permanece en una sola forma por la junción de sus miembros, presenta una apariencia humana; pero, si la separación y la dispersión de las partes desmorona la unidad del cuerpo, él deja de ser lo que era. Y, si extendemos nuestra observación a todas las otras cosas, sin duda se hará manifiesto que cada cosa, aisladamente, subsiste mientras es una, pero, cuando deja de ser una, perece.'
'Sí; cuando considero más profundamente, veo que es exactamente como dices.'
'Pues bien, ¿hay algo', dijo ella, 'que, en la medida en que actúa conforme a la naturaleza, abandona el deseo de vivir y desea llegar a la muerte y a la corrupción?'
'Mirando a las criaturas vivas, que tienen ciertas faltas de elección, no encuentro ninguna que, sin compulsión externa, abandone la voluntad de vivir y, por su propia cuenta, se apresure hacia la destrucción. Pues toda criatura persigue diligentemente el fin de la autopreservación, ¡y huye de la muerte y de la destrucción! En cuanto a las hierbas y a los árboles, y a las cosas inanimadas en general, estoy totalmente en duda sobre qué pensar.'
'Y, sin embargo, no hay posibilidad de cuestionar esto tampoco, ya que ves cómo hierbas y árboles crecen en lugares apropiados para ellas, donde, tanto cuanto su naturaleza admite, no pueden de prisa marchitarse y morir. Algunas brotan en las llanuras, otras en las montañas; algunas crecen en los pantanos, otras se agarran a las rocas; y otras, aún, encuentran suelo fértil en las arenas estériles; y, si intentas trasplantarlas a otro lugar, se marchitan. La naturaleza da a cada una el suelo que le conviene, y usa su diligencia para impedir que alguna muera, mientras les sea posible continuar vivas. ¿Por qué tiran todas su alimento de las raíces, como de una boca sumergida en la tierra, y distribuyen la corteza resistente sobre el núcleo? ¿Por qué están todas las partes más suaves, como el núcleo, profundamente encerradas por dentro, al paso que las partes externas tienen la textura fuerte de la madera, y fuera de todo está la corteza, para resistir a la inclemencia del tiempo, como un campeón robusto en la resistencia? ¿Y aún, cuán grande es la diligencia de la naturaleza en garantizar la propagación universal, multiplicando la semilla! ¿Quién no sabe ser todas estas invenciones, no sólo para el mantenimiento presente de una especie, sino para su duradera continuidad, generación tras generación, para siempre? ¿Y no buscan también las cosas tenidas por inanimadas, por iguales fundamentos de la razón, cada una lo que le es propio? ¿Por qué disparan las llamas levemente hacia lo alto, mientras la tierra presiona hacia abajo con su peso, si no es que esos movimientos y situaciones convienen a sus respectivas naturalezas? Además, cada cosa, aisladamente, es preservada por aquello que es conforme a su naturaleza, así como es destruida por cosas que le son enemigas. Las cosas sólidas, como las piedras, resisten a la desintegración por la estrecha adherencia de sus partes. Las cosas fluidas, como el aire y el agua, ceden fácilmente a lo que las divide, pero vuelven a fluir rápidamente y a mezclarse con aquellas partes de las cuales fueron separadas, al paso que el fuego, por su vez, se rehúsa a ser cortado del todo. ¿Y no estamos ahora tratando de los movimientos voluntarios de un alma inteligente, sino del impulso de la naturaleza. Así mismo es que digerimos nuestro alimento sin pensar en ello, y respiramos inconscientemente durante el sueño; no, incluso en las criaturas vivas, el amor a la vida no viene de la voluntad consciente, sino de los principios de la naturaleza. Pues muchas veces, bajo la presión de las circunstancias, la voluntad elige la muerte de que la naturaleza retrocede; y, al contrario, a pesar del apetito natural, la voluntad refrena aquella obra de reproducción por la cual únicamente se mantiene la persistencia de las criaturas perecederas. Tan enteramente viene este amor de sí del impulso de la naturaleza, y no del ímpetu animal. La Providencia suministró a las cosas esta razón poderosísima para la continuidad: ellas deben desear la vida, mientras les sea naturalmente posible continuar vivas. Por eso, de modo alguno puedes dudar de que las cosas naturalmente aspiran a la continuidad de la existencia, y huyen de la destrucción.'
'Confieso', dije yo, 'que aquello que hace poco juzgaba incierto, ahora percibo ser indubitablemente claro.'
'Ahora bien, aquello que busca subsistir y continuar desea ser uno; pues, si su unidad se fuere, su propia existencia no puede continuar.'
'Es verdad', dije yo.
'Todas las cosas, entonces, desean ser unas.'
'Concuerdo.'
'Pero probamos que lo uno es la mismísima cosa que el bien.'
'Probamos.'
'Todas las cosas, entonces, buscan el bien; puedes, de cierto, expresar el hecho definiendo el bien como aquello que todos desean.'
'Nada podría ser más verdaderamente pensado. U no hay un único fin al cual todas las cosas sean relativas, u entonces el fin para el cual todas las cosas universalmente se apresuran debe ser el sumo bien de todo.'
Entonces ella: 'Inmensamente me regocijo, querido discípulo; tu ojo está ahora fijo en el propio centro del blanco de la verdad. Además, en esto se revela aquello de que antes confessaste ser ignorante.'
'¿Qué es eso?', dije yo.
'El fin y el blanco de todo el universo. Por cierto es aquello que es deseado por todos; y, ya que concluimos ser el bien esto mismo, debemos reconocer que el fin y el blanco de todo el universo es el bien.'
Quién busca la verdad, quién de los falsos caminos
Sus pasos atentos quiere guardar,
Por la luz interior debe buscar dentro,
En meditación profunda;
Toda inclinación hacia fuera debe reprimir,
Para poseer el verdadero tesoro de su alma.
Entonces todo lo que las brumas del error obscurecían
Brillará más claro que la luz,
Pues este peso olvidadizo de la carne
No apagó del todo la razón;
Los gérmenes de la verdad aún yacen dentro,
De donde, por el aprender, todo podemos conquistar.
De otro modo, ¿cómo podríais la respuesta debida,
Sin instrucción, dar a las preguntas,
Si no fuese que, profundo dentro del alma,
Viven las secretas chispas de la verdad?
Si la enseñanza de Platón no yerra,
Aprender es sólo recordar lo que olvidamos.
NOTAS DE RODAPÉ:
La doctrina de la Reminiscencia, esto es, que todo aprender es en verdad recordación, es expuesta longamente por Platón en el "Menón", 81-86, y en el "Fedón", 72-76. Ver Jowett, vol. ii., pp. 40-47 y 213-218.
Entonces dije yo: 'De todo el corazón concuerdo con Platón; de cierto, ésta es ahora la segunda vez que estas cosas me fueron traídas de vuelta a la mente: primero las perdí por el contacto entorpecedor del cuerpo; después, más tarde, por la presión de un pesado duelo.'
Entonces ella continuó: 'Si reflexionas sobre tus admisiones anteriores, no tardará que recuerdes también aquello de que antes confessaste ser ignorante.'
'¿Qué es eso?', dije yo.
'Los principios del gobierno del mundo', dijo ella.
'Sí; recuerdo mi confesión y, aunque yo ya anticipo lo que pretendes, tengo el deseo de oír el argumento expuesto con claridad.'
'Hace poco tenías por fuera de toda duda que Dios gobierna el mundo.'
'No lo pienso dudoso ahora, ni jamás lo pensaré; y por cuáles razones fui llevado a esta certeza, yo lo expondré brevemente. Este mundo jamás pudo haber tomado forma como un único sistema, a partir de partes tan diversas y opuestas, si no hubiese Uno que junta estas cosas tan diversas. Y, una vez que se hubiese reunido, la propia diversidad de las naturalezas lo habría disuelto y despedazado en discordia universal, si no hubiese Uno que mantiene unido lo que ligó. Ni el orden de la naturaleza procedería tan regularmente, ni su curso podría exhibir movimientos tan fijos en cuanto a la posición, al tiempo, al alcance, a la eficacia y al carácter, si no hubiese Uno que, permaneciendo él mismo, dispone estas varias vicisitudes del cambio. A este poder, cualquiera que sea, por el cual ellas permanecen como fueron creadas, y son mantenidas en movimiento, yo lo llamo por el nombre que todos reconocen: Dios.'
Entonces ella dijo: 'Viendo que tal es tu creencia, poco esfuerzo me costará, pienso, capacitarte a conquistar la felicidad y a regresar en seguridad a tu propia patria. Pero volvamos nuestra atención a la tarea que pusimos delante de nosotros. ¿No contamos la independencia en la categoría de la felicidad, y convinimos que Dios es la felicidad absoluta?'
'En verdad, contamos.'
'Entonces, él no precisará de asistencia externa alguna para gobernar el mundo. De lo contrario, si necesitase de algo, no poseería la independencia completa.'
'Esto es necesariamente así', dije yo.
'Entonces, sólo por su propio poder él dispone todas las cosas.'
'No se puede negar.'
'Ahora bien, Dios fue probado ser el bien absoluto.'
'Sí; recuerdo.'
'Entonces, él dispone todas las cosas por la acción del bien, si es verdad que él gobierna todas las cosas por su propio poder, él a quien convinimos ser el bien; y es, por así decir, el timón y el gobernalle por el cual el mecanismo del mundo es mantenido firme y en orden.'
'De corazón concuerdo; y, de cierto, anticipé lo que dirías, aunque quizás sólo en una débil suposición.'
'Bien lo creo', dijo ella; 'pues, según pienso, tú ahora traes a la búsqueda ojos más rápidos en discernir la verdad; pero lo que diré a seguir no es menos claro y fácil de ver.'
'¿Qué es?', dije yo.
'Ahora', dijo ella, 'ya que se cree con razón que Dios gobierna todas las cosas con el timón de la bondad, y ya que todas las cosas también, como enseñé, se apresuran hacia el bien por el propio objetivo de la naturaleza, ¿puede dudarse de que su gobierno sea de buen grado aceptado, y de que todos se sometan al dominio del Dispositor, conformados y armonizados a su regencia?'
'Necesariamente así', dije yo; 'ningún gobierno parecería feliz si fuese un yugo impuesto a voluntades renuentes, y no la guarda segura de súbditos obedientes.'
'No hay nada, entonces, que, mientras sigue la naturaleza, se esfuerce por resistir al bien.'
'No; nada.'
'Pero, si algo lo hiciese, ¿tendría el mínimo éxito contra aquel que, con razón, convinimos ser el supremo Señor de la felicidad?'
'Sería de todo impotente.'
'No hay nada, entonces, que tenga el deseo o el poder de oponerse a este sumo bien.'
'No; pienso que no.'
'Así, entonces', dijo ella, 'es el sumo bien que gobierna con fuerza, y graciosamente dispone todas las cosas.'
Entonces dije yo: '¡Cuán deleitado estoy con tus razonamientos, y con la conclusión a que los condujiste, pero, más que todo, con estas propias palabras que usas! Estoy ahora, finalmente, avergonzado de la insensatez que tan dolorosamente me atormentaba.'
'Oíste la historia de los gigantes que asaltaron el cielo; pero una fuerza benéfica dio cuenta de ellos también, como merecían. Pero, ¿debemos someter nuestros argumentos al choque de la colisión mutua? Puede ser que del impacto se desprenda alguna bella chispa de verdad.'
'Si es de tu agrado', dije yo.
'Nadie puede dudar de que Dios es todopoderoso.'
'Nadie de modo alguno lo puede cuestionar, si piensa con coherencia.'
'Ahora bien, no hay nada que Aquel que es todopoderoso no pueda hacer.'
'Nada.'
'¿Pero puede Dios hacer el mal, entonces?'
'No; de modo alguno.'
'Entonces, el mal es nada', dijo ella, 'ya que aquel a quién nada es imposible es incapaz de hacer el mal.'
'¿Estás burlándote de mí', dije yo, 'tejiendo un laberinto de argumentos enredados, ora pareciendo comenzar donde terminaste, ora terminar donde comenzaste, u estás construyendo algún admirable círculo de simplicidad divina? Pues, en verdad, un poco antes comenzaste con la felicidad, y dijiste que era el sumo bien, y declaraste que ella está asentada en la suprema Divinidad. El propio Dios, también, afirmaste ser el sumo bien y la felicidad toda completa; y a partir de esto pasaste a acrescentar, como de pasada, la prueba de que nadie sería feliz a menos que fuese igualmente Dios. De nuevo, dijiste que la propia forma del bien era la esencia tanto de Dios cuanto de la felicidad, y enseñaste que el absoluto Uno era el bien absoluto, que era buscado por la naturaleza universal. Sostuviste, también, que Dios gobierna el universo por la regencia de la bondad, que todas las cosas le obedecen de buen grado, y que el mal no tiene existencia en la naturaleza. ¿Y todo esto desintegraste sin el auxilio de suposiciones venidas de fuera, sino por pruebas inherentes y propias, tirando crédito una de la otra.'
Entonces respondió ella: 'Lejos está de mí burlarse de ti; no, por la bendición de Dios, a quien hace poco nos dirigimos en oración, alcanzamos el más importante de todos los objetivos. Pues tal es la forma de la esencia divina, que ella no puede ni pasar a las cosas externas, ni tomar para dentro de sí nada de externo; pero, como Parménides dice de ella,
'"En cuerpo semejante a una esfera, por todos los lados perfectamente redondeada",
ella hace girar el orbe inquieto del universo, manteniéndose ella misma inmóvil todo el tiempo. Y, si también empleé razonamientos no tirados de fuera, sino situados en el ámbito de nuestro asunto, no hay razón para que te admires, ya que aprendiste, por la autoridad de Platón, que las palabras deben ser afines a la materia de que tratan.'
Bienaventurado aquel cuyos pies pisaron
Junto a la fuente del bien;
Bienaventurado aquel cuya voluntad supo romper
Las cadenas de la tierra por amor a la sabiduría.
El bardo tracio, cuéntase,
Lloró a su querida consorte muerta;
Para oír el lamento doliente
Los bosques se movieron en su séquito,
Y el río cesó de correr,
Detenido por tan suave pena;
El ciervo, sin temor,
Se acostó al lado del león;
El perro, subyugado por el canto,
Ya no perseguía la liebre,
Pero el dolor no apaciguado
En su propio pecho rugía.
La música que todo lo demás podía sosegar
A él ningún bálsamo trajo.
Increpando los poderes inmortales,
Él vino hasta la puerta del Infierno;
Allí exhaló todas las cosas tiernas
Sobre sus cordas sonoras,
Cada rapsodia primorosamente labrada
Que su madre-diosa le enseñara,
Todo lo que de la pena pudo tomar prestado
Y el amor, redoblando el dolor,
Hasta que, al despertar los ecos,
Todo Ténaro se estremece;
Mientras él a la compasión persuade
El monarca de las sombras
Con dulce prece. Embrujado,
El perro de tres cabezas,
A sonidos tan extrañamente dulces
Cae agachado a sus pies.
Las terribles Vengadoras, también,
Que las mentes culpables persiguen
Con temores siempre obsesivos,
Están todas deshechas en lágrimas.
Ixión, en su rueda,
Siente un breve respiro;
¡Pues, he aquí!, la rueda para inmóvil.
Y, mientras aquellas tristes notas vibran,
Tántalo, enloquecido por la sed,
Escucha, olvidado
Del escarnio de la corriente
Y de su larga agonía.
El buitre, también, se abstiene
Por un poco del desgarrar
El flanco desgarrado de Titio,
Saciado y apaciguado.
Por fin, el rey sombrío,
Compadecido de sus dolores,
'¡Él ha vencido!', exclamó;
'¡Le devolvemos su novia!
A él ella pertenecerá,
Como galardón de su canto.
Una sola condición, sin embargo,
Sobre la dádiva se impone:
Que él no vuelva los ojos
Para ver su premio tan duramente conquistado,
Hasta que con seguridad traspongan
Las puertas del Infierno.' ¡Ay!
¿Qué ley puede mover a los que aman?
¡Ley más alta es el amor!
¡Pues Orfeo, ay de mí!,
Sobre su Eurídice,
Ganado ya casi el umbral del día,
Miró, perdió, ¡y fue arruinado!
Vosotros que la luz buscáis,
Esta historia es para vosotros,
Que procuráis hallar un camino
Hacia el día más claro.
Si sobre la obscuridad pasada
Un solo vistazo hacia atrás lanzareis,
Vuestros ojos débiles y errantes
Habrán perdido el premio incomparable.