Concordia do Livre Arbítrio - Parte II 6

Parte II - Sobre a cooperação geral de Deus

Disputa XXX: En la que rechazamos el ejemplo con que algunos suelen explicar el modo de obrar de Dios por medio de su concurso general y presentamos el modo verdadero

1. Con lo que hemos expuesto de manera genérica sobre el concurso general de Dios con las causas segundas, será fácil entender que el ejemplo al que algunos recurren para explicar el modo en que Dios, por medio de su concurso general, concurre con el libre arbitrio, no explica nada. En efecto, afirman que Dios, por así decir, guía al libre arbitrio, moviéndolo con prioridad de naturaleza y aplicándolo con su concurso general a realizar sus operaciones ─sin excluir el influjo del propio arbitrio─, del mismo modo que el maestro mueve y guía la mano que tiene cogida del discípulo, que también coopera simultáneamente, cuando escribe las letras. Por esta razón, dicen que del mismo modo que, cuando el discípulo sigue totalmente el movimiento del maestro, se escriben las mejores letras y que cuando, en virtud de su influjo, se resiste y se esfuerza en dirigir su mano hacia otra parte, las letras se escriben mal con la guía y el influjo del maestro ─ahora bien, este defecto no es culpa del maestro, sino del discípulo, aunque el maestro coopere en la escritura de las letras, pero no en su resultado defectuoso, sino en la propia escritura─, así también, si cada uno de nosotros sigue con su libre arbitrio el movimiento y la guía general de Dios, los actos procedentes de nuestro libre arbitrio serán como deben ser; pero si con nuestro libre influjo abusamos del concurso general de Dios queriendo algo o rechazando la recta razón y la ley de Dios, entonces nuestras operaciones serán defectuosas, a pesar de que Dios coopere en ellas con su concurso general; ahora bien, su defecto no se deberá al influjo y al concurso general de Dios, sino al influjo particular del libre arbitrio, que habría querido abusar del concurso general de Dios. Así explican por qué razón, aunque Dios también influya en nuestras operaciones defectuosas con su concurso general ─sin el cual no pueden producirse de ningún modo─, sin embargo, no es causa del pecado, sino que lo es el hombre a través de su libre arbitrio.