Testamento de Salomón 25
El demonio del viento arábigo, llamado Ephippas, es traído al Templo, donde es interrogado por Salomón y colocado inmóvil en un lugar
Entonces el joven prendió el frasco en el camello,
y los árabes lo enviaron en su camino con mucha honra y presentes preciosos,
alabando y engrandeciendo al Dios de Israel.
Mas el joven trajo la bolsa y la colocó en medio del Templo.
Y al día siguiente, yo, el rey Salomón, entré en el Templo de Dios y me senté en profunda angustia sobre la piedra de la punta de la esquina.
Y cuando entré en el Templo, el frasco se levantó y dio una vuelta de unos siete escalones y entonces cayó en su boca y me homenajeó.
Y me quedé maravillado porque, aun con la botella,
el demonio todavía tenía poder y podía andar;
y yo ordené que se levantase.
Y el frasco se levantó y se quedó de pie, todo estallado.
Y yo lo cuestioné, diciendo: “Dime, ¿quién eres tú?”
Y el espíritu interior dijo: “Yo soy el demonio llamado Ephippas, que está en Arabia.”
Y yo le dije: “¿Es este tu nombre?”
Y él respondió: “Sí; donde quiera que yo quiera, yo desciendo y pongo fuego y hago hasta la muerte.
Y yo le dije: “¿Por qué ángel estás frustrado?”
Y él respondió: “Por el único Dios gobernante, que tiene autoridad sobre mí hasta para ser oído.
Aquel que nacerá de una virgen y será crucificado por los judíos en una cruz.
A quien los ángeles y arcángeles adoran.
Él me frustra y me priva de mi gran fuerza, que me fue dada por mi padre, el diablo”.
Y yo le dije: “¿Qué puedes hacer?”
Y él respondió: “Yo soy capaz de remover montañas, de derribar los juramentos de los reyes. Yo marchito los árboles y hago que sus hojas caigan”.
Y yo le dije: "¿Puedes levantar esta piedra y colocarla para el inicio de este rincón que existe en el hermoso plano del Templo?"
Y él dijo: “No solo levanto eso, oh rey;
sino también, con la ayuda del demonio que preside el Mar Rojo,
haré subir la columna de aire y la colocaré donde quieras en Jerusalén”.
Diciendo esto, lo presioné, y el frasco se quedó sin aire.
Y lo coloqué bajo la piedra, y el espíritu se ciñó y lo levanté encima del frasco.
Y el frasco subió los peldaños, cargando la piedra, y la colocó al final de la entrada del Templo.
Y yo, Salomón, mirando la piedra elevada y colocada sobre un cimiento, dije:
“Verdaderamente se cumplió la Escritura, que dice: 'La piedra que los constructores desecharon en la prueba, esa se convirtió en la cabeza de la esquina'.
Pues esto no me corresponde a mí conceder, sino a Dios, que el demonio sea lo suficientemente fuerte para levantar una piedra tan grande y depositarla en el lugar que deseo”.