Evangelio de Nicodemo 15
Y José dijo: “El viernes, a la décima hora, me encarcelasteis, y allí permanecí durante el Sábado todo. Mas a la medianoche, mientras yo estaba de pie orando, la casa donde me dejasteis cerrado quedó suspendida en los cuatro ángulos y vi como un relámpago de luz delante de mis ojos. Me aterré, entonces caí al suelo. Sin embargo, alguien tomó mi mano y me levantó del lugar donde estaba caído. Sentí después que el agua se derramaba sobre mí desde la cabeza hasta los pies y vino a mis narinas una fragancia de bálsamo. Y aquel personaje desconocido me enjugó el rostro, me dio un beso y me dijo: `No temas, José; abre tus ojos y mira a quien te habla’. Entonces, levantando mis ojos, vi a Jesús; mas en mi estremecimiento supuse que era un fantasma y me puse a recitar los mandamientos. Y él se puso a recitarlos junto conmigo. Como sabéis muy bien, si un fantasma viene a vuestro encuentro y oye los mandamientos, huye rápidamente. Viendo, entonces, que los recitaba juntamente conmigo, le dije: ‘Maestro Elías’. Mas él me dijo: ‘No soy Elías’. Yo entonces dije: ‘¿Quién sois, Señor?’ Él me dijo: ‘Yo soy Jesús, aquel cuyo cuerpo pediste a Pilato y envolviste con una sábana limpia, y pusiste un sudario sobre la cabeza, y colocaste en tu tumba nueva, y rodaste una gran piedra a su entrada’. Y le dije al que me hablaba: ‘Muéstrame el lugar donde te puse’. Y él me llevó y me mostró el lugar donde yo lo pusiera; en él estaban extendidos la sábana y el sudario que había servido para su rostro. Entonces reconocí que era Jesús. Después él tomó mi mano y me dejó a puertas cerradas dentro de mi casa; en seguida, me acompañó hasta mi cama y me dijo: `Que la paz esté contigo’. A continuación me dio un beso, diciéndome: `Hasta que se completen cuarenta días no salgas de tu casa; pues he aquí que voy hasta Galilea al encuentro de mis hermanos’.”