Evangelio de Nicodemo 12

Cuando los judíos oyeron decir que José había reclamado el cuerpo de Jesús, comenzaron a buscarlo, así como también aquellos que habían declarado que Jesús no había nacido de fornicación, Nicodemo y muchos otros que se habían presentado ante Pilato para dar testimonio de sus buenas obras. Y, como todos se hubiesen escondido, solamente Nicodemo apareció, porque era varón principal entre los judíos. Así, Nicodemo les dijo: “¿Cómo habéis entrado en la sinagoga?” Los judíos respondieron: “¿Y tú? ¿Cómo entraste en la sinagoga? Puesto que eres su cómplice, sea también tu parte contenida en el siglo venidero”. Y Nicodemo dijo: “Así sea, así sea”. José, por su parte, se presentó de manera semejante y les dijo: “¿Por qué habéis quedado aprehensivos conmigo por haber reclamado el cuerpo de Jesús? Pues sabed que lo deposité en mi nuevo sepulcro, después de haberlo envuelto en un lienzo blanco, e hice correr la piedra sobre la entrada de la gruta. Mas no os portasteis bien con aquel justo, pues que, no contentos en crucificarlo, también lo atravesasteis con una lanza”. Los judíos entonces detuvieron a José y mandaron que fuese aprisionado hasta el primer día de la semana. Después le dijeron: “Bien sabes que lo avanzado de la hora no nos permite hacer nada contra ti, pues el sábado ya está amaneciendo; mas sepa que ni siquiera se hará el favor de darte sepultura, sino que expondremos tu cuerpo a las aves del cielo”. José replicó: “Esta manera de hablar es la del soberbio Goliat que injurió al Dios vivo y al santo David. Pues el Señor dijo a través del profeta: `A corresponde la venganza y yo retribuiré’. Y aún hace poco, aquel que no es circunciso según la carne, sino es circunciso de corazón, tomó agua, lavó las manos de frente para el sol y dijo: ‘Soy inocente de la sangre de este justo; vosotros habréis de ver’. Mas vosotros respondisteis a Pilato: ‘Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos’. Ahora, entonces, temo que la ira del Señor recaiga sobre vosotros y sobre vuestros hijos, como dijisteis”. Al oír esas palabras los judíos sintieron sus corazones llenarse de rabia, y, después de capturar a José, lo detuvieron y lo prendieron en una casa donde no había ninguna ventana; después sellaron la puerta donde José estaba preso y algunos guardas permanecieron junto a ella.