Evangelio de Nicodemo 11
Era la hora sexta cuando las tinieblas se cerraron sobre la tierra hasta la hora novena, por haberse oscurecido el sol; y el velo del templo se rasgó por la mitad. Jesús, entonces, con voz grave, dijo: “Padre, baddach efkid ruel”, que significa: “En tus manos entrego mi espíritu”. Y, diciendo esto, entregó su alma. El centurión, al ver lo que sucedió, alabó a Dios diciendo: “Este hombre era justo”. Y la multitud que asistía al espectáculo, al contemplar lo sucedido, comenzó a golpearse el pecho.
El centurión, por su parte, transmitió al gobernador lo ocurrido. Este, al oírlo, se entristeció al igual que su mujer, y ambos pasaron todo aquel día sin comer ni beber. Después Pilato hizo llamar a los judíos y les dijo: “¿Visteis lo que pasó?” Mas ellos respondieron: “Pues un simple eclipse del sol, como de costumbre”.
Mientras tanto, sus conocidos permanecían a distancia; y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea estaban contemplando todo esto. Mas había un hombre llamado José, senador, venido de Arimatea, que esperaba el reino de Dios. Se acercó, entonces, a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después fue a bajar el cadáver de la cruz y lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en el sepulcro tallado en piedra que todavía no había sido usado.