Evangelio de Nicodemo 10
Así, Jesús salió del pretorio acompañado de los dos malhechores. Y, al llegar al lugar convenido, lo despojaron de sus vestiduras, lo envolvieron en una sábana y pusieron una corona de espinas alrededor de sus sienes, colgaron a los dos malhechores, de manera semejante, mientras tanto, Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, y los soldados repartieron entre sí sus vestiduras, y todo el pueblo estaba de pie contemplándolo, y los pontífices y también los jefes se burlaron de él, diciendo: “Salvó a los otros; sálvese, entonces, a sí mismo; si este es el Hijo de Dios, que baje de la cruz”. Los soldados, a su vez, se acercaban dirigiéndole escarnios y ofreciéndole vinagre mezclado con hiel, mientras decían: “Tú eres el rey de los judíos: sálvate a ti mismo”. Y después de proferir la sentencia, el gobernador mandó que en la forma de un título fuera escrito encima de la cruz su acusación en griego, latín y hebreo, de acuerdo con lo que los judíos habían dicho: “Rey de los Judíos”.
Y uno de aquellos ladrones que habían sido colgados le dijo así: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Mas Dimas, en respuesta, lo reprendió diciendo: “¿Tú no temes a Dios, aun cuando estés en la misma condenación? Y a nosotros, ciertamente, ella nos cabe bien, pues recibimos la recompensa justa por nuestras obras; mas este no hizo nada malo”. Y decía: “Señor, acuérdate de mí en tu reino”. Y Jesús le dijo: “En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.