Romanos 7

Pues sabemos que la ley es espiritual, mientras que yo soy carnal, vendido al poder del pecado.
En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco;
y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena.
Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí.
Pues que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no.
Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo.
Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí.
Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal.
En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios;
pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!
Así pues, yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado.