Miquéias 7

No te alegres por mi causa, enemiga mía, pues si caí me levantaré; si vivo en tinieblas, el Señor es mi luz.
Cargaré con la cólera del Señor, pues pequé contra él, hasta que se vea mi causa y se proclame mi sentencia; me hará salir a la luz y veré su justicia.
Cuando lo vea mi enemiga se cubrirá de vergüenza, esa que me decía: «¿Dónde está el Señor, tu Dios?». Mis ojos llegarán a verla convertida en lugar pisoteado, como barro de la calle.
Llega el día de reconstruir tus muros, el día de ensanchar las fronteras;
día en que lleguen a ti desde Asiria hasta Egipto, desde Egipto hasta el Éufrates, de mar a mar, de montaña a montaña.
Todo el país y sus habitantes se convertirán en una desolación, por el fruto de sus acciones.
Pastorea a tu pueblo con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que anda solo en la espesura, en medio del bosque; que se apaciente como antes en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto, les haré ver prodigios.
Los pueblos lo verán y se avergonzarán, a pesar de todo su poder; se quedarán mudos y sordos;
morderán el polvo como la serpiente que se arrastra por la tierra; saldrán temblando de sus fortalezas hacia el Señor, nuestro Dios; se asustarán y te temerán.
¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como antaño prometiste a nuestros padres.